Pienso que la mayoría de los españoles añoramos un desfile de la Hispanidad sin abucheos a su presidente. Esta espontaneidad no está organizada como las diferentes acampadas ideológicas o la huelga general que se avecina de los más representativos sindicatos en agradecimiento a la llenura de la lana en sus colchones. Afean los gritos de Pedro Sánchez hijo de… y sufro porque no se encuentre otra manera de rechazar al que no cumple o al que tortuosamente ofende a los que tanto protestan.
Ocurre, como se puede comprobar, en cualquier sitio, estamento o ciudad donde aparece el presidente con cara aprendida de no sentirse ofendido.
España es un país donde el encuentro es un placer y el desencuentro un suplicio. Y en donde las mayores contradicciones encuentran besos en el mismo consejo de ministros. También es el lugar donde se creen demasiado a las encuestas sin haber leído a Gracián que advierte: “Nunca luches con alguien que nada tiene que perder”.
De todas maneras, muchos parecen los cien escaños que se le atribuyen al gritado tras el 28-N. Y poco escarmiento a la sombra que nos deja… Si es que nos deja.