Independientemente de los altibajos morales que haya cometido y sufrido la Corona de Noruega, impresiona ver al nuevo rey, tras la jura de su Constitución, recorrer solo, en el cochazo de época, la gran avenida que le llevaría de nuevo al hospital con su esposa trasplantada. Aun con todo, el 76 por ciento de la población apoya en Noruega la monarquía. Claro, que allí no sufren al presidente que tenemos en España.
Impresiona también que todo el Congreso de pie y rigurosamente vestidos de negro aguardara el juramento del monarca. De haber sido aquí, algunos de los nuestros lo hubiera recibido en pantalones vaqueros y camisas desabrochadas, como corresponde a parte de la categoría intelectual que nos asiste.
La última sobre impresión que tuve ayer como espectador doliente fue la de analizar sin respuestas posibles el encuentro del rey Felipe VI con el presidente del Gobierno, que duró tres horas y media… Sabemos todos la limitadísima función que tiene un monarca constitucional; sin embargo, ante una insolencia superlativa e intolerable, bien valdría una respuesta pública y correspondiente a la sublime gravedad de tal conducta.
Pedro Villarejo