El Museo del Louvre ha mostrado públicamente los daños sufridos por la corona de la emperatriz Eugenia tras el intento de robo ocurrido el 19 de octubre de 2025. La pieza fue hallada abandonada al pie de la Galería Apolo, después de que los ladrones la perdieran durante su huida, lo que evitó su desaparición definitiva pero no graves desperfectos.
Según el museo, la corona presenta daños por aplastamiento y una notable deformación, aunque conserva casi la totalidad de sus elementos originales. Esta circunstancia permitirá acometer una restauración completa sin necesidad de reconstrucciones, ya que la integridad general de la joya se mantiene.

Un primer informe técnico indica que la deformación se produjo inicialmente al forzar la extracción de la corona a través de la estrecha abertura practicada en la vitrina. Esa tensión provocó el desprendimiento de los aros estructurales, uno de los cuales se ha perdido, y un impacto posterior habría causado el aplastamiento de la pieza.
Entre los daños más visibles figura la pérdida de una de las águilas de oro y de diez pequeños diamantes, de los 1.354 que componían originalmente la corona. No obstante, conserva intactas sus 56 esmeraldas. Desde el Louvre subrayan que “aunque la forma de la corona ha sido alterada, casi todos sus componentes se conservan”, lo que hará posible una restauración basada únicamente en la remodelación de su estructura.
Para llevar a cabo el proceso, el museo creará un comité de expertos integrado por conservadores del Louvre, historiadores de otras instituciones y representantes de cinco casas históricas de joyería francesa: Mellerio, Chaumet, Cartier, Boucheron y Van Cleef & Arpels, especialmente maestros artesanos y jefes de taller vinculados a estas firmas.
La corona fue encargada por Napoleón III al joyero oficial Alexandre Gabriel Lemonnier para la Exposición Universal de 1855. En su creación participaron destacados especialistas, como el escultor Gilbert, responsable de las águilas ornamentales, y el joyero Pierre Maheu, jefe de taller del proyecto. La selección y disposición de las piedras estuvo supervisada por el inspector de diamantes de la Corona, Devin.
Tras la caída del Imperio, la corona fue devuelta a la emperatriz Eugenia en 1875, lo que la salvó de la destrucción que sí sufrió la del emperador. Legada posteriormente a la princesa María Clotilde Napoleón y adquirida por el Louvre en 1988, esta joya es hoy una de las tres únicas coronas de soberanos conservadas en Francia, un símbolo histórico de valor excepcional que el museo aspira a devolver a su forma original.