Voluntad divina y trascendencia humana

17 de febrero de 2026
2 minutos de lectura

«No se haga mi voluntad, sino la tuya.» Lucas 22:42

«Porque yo he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.» Juan 6:38

Nosotros, que obramos y decimos conforme a nuestra limitada visión del mundo y de las cosas, solamente vivimos de voluntad humana. Cuando logremos doblegar nuestra terca forma de actuar y de pensar, nuestro orgullo, nuestra soberbia, entonces y solo entonces, podremos comenzar a destruir nuestra minúscula, egoísta y corrosiva conciencia, para dar paso y cabida a una perfeccionada manera de vivir y de actuar conforme a la divina voluntad.

El Creador nos concibió acorde a su imagen y semejanza; nos creó para ser libres, para la gloria de su nombre y, sin embargo, nosotros cada día y en cada momento nos empeñamos en contaminar nuestro origen y existencia, haciéndonos esclavos del pecado.

Son múltiples los ataques del demonio, son muchas las maneras de esclavizar nuestros corazones. Él está presente en cada perversión, en cada desviación, en toda maldad y en toda deformación, acechando toda debilidad humana para fortalecerse con nuestras miserias, con nuestras flaquezas, cobrando cada vez más fuerza de manera casi normal y rutinaria, sin que nos enteremos de su presencia, tratando siempre de robarle las almas al Señor. Y es que, sin saberlo, hemos erigido una manera de rendirle pleitesía a lo maligno, a lo oscuro y siniestro, sin que atisbemos tal dominación; unas veces por falta de malicia y otras porque simplemente no lo queremos aceptar.

La utilización incorrecta de los bienes que el hombre ha creado está carcomiendo las almas, está desmantelando el legado divino y está hundiendo a la humanidad en la desconfraternidad, en lo morboso, en lo detestable ante los ojos de Dios, y poco o nada estamos haciendo para evitarlo. Paso a paso, lo bestial, lo putrefacto, está descomponiendo el reflejo de la naturaleza humana. Los tiempos están próximos donde solamente quienes viven en la divina voluntad podrán tener la fuerza y la protección para resistir los embates del mal.

El problema radica en querer razonarlo todo, en querer desarmarnos para encontrarle a todo evento celestial una explicación terrenal o una justificación racional. Al aniquilar a nuestro yo, para pensar en función de lo sagrado y proceder conforme a una visión superior, no existe mayor comprensión que la que el Altísimo confeccionó. Entonces, estaremos ganando terreno al amo de la destrucción, para que reine en nosotros el artífice de lo bueno, de lo puro, de lo inmaculado; para que reine en nosotros, la divina voluntad.

Esta sumisión consciente a lo superior no implica una pérdida de la identidad, sino, por el contrario, el hallazgo de la verdadera esencia. Al despojarnos de las ambiciones materiales que nublan el juicio, permitimos que la luz del entendimiento ilumine las decisiones cotidianas. Es en la entrega donde el ser humano encuentra su máxima expresión de libertad, pues deja de ser esclavo de sus propios apetitos para convertirse en un instrumento de la armonía universal.

El camino hacia esta plenitud exige una vigilancia constante sobre la intención de nuestras obras. No basta con hacer el bien por costumbre; es necesario que cada acto nazca de una convicción profunda que reconozca la interconexión entre lo humano y lo divino. Solo así, al unificar nuestra intención con el propósito supremo, lograremos trascender las barreras del ego y construir un entorno donde la fraternidad sea el pilar fundamental de la coexistencia.

Finalmente, la integración de esta voluntad superior en nuestra vida requiere el valor de aceptar aquello que no podemos cambiar y la sabiduría para transformar lo que está en nuestras manos. Al vivir bajo este precepto, las sombras del miedo se disipan, permitiendo que la paz interior se convierta en el faro que guía nuestras acciones hacia un destino de rectitud y plenitud espiritual.

«Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» 1 Juan 2:17

Doctor Crisanto Gregorio León – Profesor Universitario

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