Eloísa y Abelardo: el calvario de la razón y el dogma

17 de febrero de 2026
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«La ley del tirano no es ley, sino una corrupción de la ley que busca sepultar la verdad bajo el peso del miedo»San Juan Crisóstomo

La historia universal, a menudo más cruel que la ficción más descarnada, nos legó en el siglo XII el proceso de erosión humana más desgarrador de la intelectualidad medieval: el idilio y posterior suplicio de Pedro Abelardo y Eloísa d’Argenteuil. No fue un simple romance de pasillo; fue una colisión frontal entre el despertar del pensamiento crítico y la rigidez de una estructura social que prefería la mutilación de la voluntad antes que la aceptación de una pasión legítima nacida del intelecto y el reconocimiento mutuo.

Pedro Abelardo, el filósofo más brillante de su tiempo, el «maestro de las dudas» que desafiaba a la escolástica tradicional, era un hombre cuya fama atraía a estudiantes de toda Europa hacia las sombras de la Catedral de Notre-Dame. Sin embargo, su mayor desafío no vendría de la teología pura, sino del encuentro con Eloísa. Ella, sobrina del canónigo Fulbert, poseía una estatura intelectual que rivalizaba con la de su maestro. Conocedora de lenguas clásicas y dotada de una agudeza dialéctica sin igual, no fue una conquista pasiva, sino una interlocutora necesaria. Su unión fue un matrimonio de mentes que el dogma no podía permitir.

Para comprender la saña del sistema, es imperativo analizar la cronología de este encuentro. En el año 1115, cuando comenzó la tutoría, Abelardo contaba con unos 36 años, encontrándose en la plenitud de su prestigio, mientras que Eloísa era una joven de apenas 15 o 16 años. Existía entre ambos una brecha de aproximadamente dos décadas; una diferencia que, si bien no era inusual para los contratos matrimoniales de la nobleza o la burguesía de la época, fue malintencionadamente utilizada por sus detractores para criminalizar el vínculo.

La Iglesia y el canónigo Fulbert instrumentalizaron esta diferencia de edad para transformar una historia de amor y admiración mutua en un relato de «corrupción». Presentaron a Abelardo no como el amante y esposo que era, sino como un depredador intelectual que abusaba de su posición de magister para seducir a una joven bajo su custodia. Fue una excusa procesal para deslegitimar la voluntad de Eloísa, quien, a pesar de su corta edad, demostraba en sus escritos una madurez y una determinación que superaban con creces la mediocridad de sus jueces.

El acecho contra la pareja comenzó, pues, bajo este velo de falsa protección moral. La Iglesia, que utilizaba el celibato como una herramienta de control jerárquico, vio en la insubordinación de Abelardo un peligro para su estructura de poder. Fulbert, movido por un concepto deformado del honor, orquestó la cacería. El proceso de captura culminó en una emboscada nocturna donde esbirros pagados irrumpieron en la intimidad del filósofo para ejecutar la castración física. Con este acto, pretendían no solo el dolor, sino la anulación de Abelardo ante las leyes canónicas que impedían a los mutilados ejercer funciones sagradas.

Tras la barbarie física, vino el desmembramiento social. Abelardo fue empujado al aislamiento en Saint-Denis, mientras que para Eloísa se reservaba la muerte civil. Con apenas 18 años, en el umbral de su vida adulta, fue obligada a tomar los hábitos en el monasterio de Argenteuil. No hubo vocación, sino un mandato de «limpieza» social. Se le condenó a perder su juventud tras muros de piedra, privándola de su libertad y de su capacidad de decidir sobre su propio cuerpo y destino. Fue enterrada viva en el claustro por el simple pecado de haber amado a un hombre libre.

La película Stealing Heaven (1988), conocida como Robar el cielo, captura magistralmente estos intríngulis. La obra nos muestra cómo la autoridad se convirtió en el carcelero de la razón. El film retrata el calvario de estos seres acechados por una moralidad que castigaba la luz del conocimiento tanto como la del afecto. El encierro de Eloísa no logró silenciarla; su resistencia se convirtió en una epístola eterna de reclamo contra el sistema que le arrebató su juventud bajo el pretexto de la santidad.

A pesar de los muros, las almas se negaron a la desconexión. Surgió la correspondencia epistolar, donde Eloísa, con una valentía asombrosa, cuestionaba la justicia del castigo. En sus cartas, ella reclamaba que su amor seguía vivo, desafiando la noción de que un hábito pudiera anular la realidad ontológica de su ser. Abelardo respondía desde la amargura de su nueva condición, intentando racionalizar una tragedia que solo encontraba explicación en la crueldad humana disfrazada de ley divina.

Este intercambio de cartas desnudaba la hipocresía de una institución que obligaba a profesar votos sin fe, convirtiendo los conventos en prisiones de almas vivas. Era una denuncia contra la praxis de una justicia que olvida al ser humano para salvar la norma fría. Eloísa no aceptaba la sumisión; ella se sentía «esposa» antes que «abadesa», manteniendo la coherencia de su amor frente a la imposición del dogma que pretendía borrar su pasado.

El clímax de esta tragedia moral ocurre años después, cuando la figura religiosa que facilitó el sufrimiento de la pareja buscó la absolución en su lecho de muerte. Al pedir el perdón de Eloísa, se topó con una integridad inquebrantable. La respuesta de la abadesa fue una sentencia para la historia: «Que te perdone Dios». En estas palabras no hay un perdón fácil; hay el reconocimiento de que la justicia humana, cuando se ensaña con el inocente para «dar ejemplo», deja cicatrices que la liturgia no puede subsanar.

Esta respuesta es la médula del conflicto: la negativa a validar la destrucción de dos vidas. Eloísa entendía que perdonar al verdugo en su agonía era traicionar el dolor de Abelardo y el suyo propio. Su negativa es un acto de soberanía individual; una declaración de que el daño causado por la injusticia tiene consecuencias que trascienden el ritual. Es la victoria moral de la víctima sobre el opresor que busca una paz de conciencia gratuita tras haber robado décadas de existencia ajena.

Abelardo, a pesar de su mutilación, siguió siendo un foco de controversia intelectual frente a la censura de figuras como San Bernardo de Claraval. Su vida fue un constante acecho entre la genialidad y la persecución, acosado por un sistema que no le perdonaba haber unido la fe con la razón. La Iglesia de aquel tiempo prefería el silencio del mutilado antes que la voz del innovador que recordaba que la verdad no debe ser esclava del poder institucional.

El encierro de Eloísa en el Paráclito se convirtió en un refugio de conocimiento. Allí ejerció una autoridad que el mundo exterior le negó, demostrando que la inteligencia femenina no podía ser contenida por decretos. Su gestión como abadesa fue impecable, pero su corazón nunca dejó de pertenecer al hombre que le fue arrebatado. Ella demostró que la verdadera pureza no reside en la obediencia ciega, sino en la fidelidad a la verdad del corazón y a la luz de la inteligencia.

Abelardo y Eloísa son el testimonio de que el espíritu humano posee una jurisdicción que ningún tribunal terrenal puede invadir. A pesar de los muros, de la mutilación y del aislamiento impuesto por una justicia injusta, sus almas siguieron dialogando. Su legado es una denuncia contra los vicios de un poder que, al carecer de caridad, se convierte en un sacrificio pagano en un altar de leyes diseñadas para el control social y no para la salvación del alma.

La victoria final de esta pareja es su permanencia en la memoria colectiva, superando la brevedad de otras tragedias literarias, pues la de ellos fue una agonía de décadas sostenida por la palabra escrita. Sus restos, que hoy descansan juntos en el cementerio de Père-Lachaise, confirman que la voluntad es capaz de vencer incluso al olvido. Eloísa, hasta su último suspiro, mantuvo la coherencia de su ser, elevándose por encima de los verdugos que pretendieron enterrar su nombre y su juventud en el anonimato del claustro.

«No hay nada tan injusto como una ley que, bajo apariencia de rectitud, prohíbe el ejercicio de la humanidad y la verdad». Tertuliano

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

Solución y moral: La historia nos ofrece como solución la trascendencia a través del testimonio; lo que no pudieron vivir en libertad, lo hicieron eterno en sus epístolas. La moral es clara: el poder institucional puede mutilar la carne y encarcelar el cuerpo bajo el pretexto del dogma o la edad, pero la integridad del pensamiento es inexpugnable. La verdadera justicia es la que respeta la dignidad del ser humano, pues cualquier ley que se ensañe con el inocente no es más que un acto de barbarie disfrazado de rectitud.

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