Nunca al parecer Jesucristo, de su puño y letra, dejó algo escrito. Sólo una vez lo insinuó simulando un garabato con el dedo sobre la arena: nadie pudo entender aquel signo que tampoco los siglos han sabido trasmitir. En el capítulo 8 del evangelio de San Juan, los “legalistas”, los “puros” de siempre, apedreaban a una mujer sorprendida en adulterio… Jesús detuvo la ira de aquellos sobresaltados fariseos, hizo como el que escribía en el suelo y los fulminó a todos con una frase que luego selló Valle-Inclán en su teatro: “Quien se halle limpio de pecado, tire la primera piedra”… Desde entonces, aunque no es de buena educación, la mayoría de las manos deben guardarse en los bolsillos.
Sabiendo lo que se sabe, más por viejos que por avispados, se observa el descaro indisimulado de acusar a otros de lo que son capitanes los mismos acusadores. Todos somos culpables, al menos, de pequeñas trampas que han beneficiado a alguien o a nosotros mismos. Tengamos, antes que nada, la honradez de mejorar la propia conducta y luego, si procede, señalar los muchos vicios de alrededor.
… En cualquier caso, procurar que nadie lleve piedras en la mano.
Pedro Villarejo