La consecuencia primera de un mentiroso compulsivo es que, si alguna vez se le ocurre decir la verdad, nadie ya puede creerlo. Eso ocurre tristemente con la actitud, cargos y descargos, ruedas de prensa, apariciones y maretas de nuestro presidente.
En su defensa de ayer en el Congreso de lo bien hecho ante la invasión marroquí, el jefe del ejecutivo ha mantenido vibrante en castellano lo que en latín se pronuncia aún con mayor contundencia: Ceuta y Melilla serán españolas per omnia saecula saeculorum… Es decir, que a partir de ahora echémonos a temblar porque lo más seguro es que pronto comience con el sultán las primeras negociaciones.
Mientras, a Margarita en su banco azul ya ni le tiembla la palabra en la boca: se limita a dejar en evidencia al impostor quedándose sentada y sin palma alguna que llevarse a las manos. Pero no se preocupen por ella, seguirá como una ninfa sin estrellas en su uniforme de capitán general con mando en plaza. Hasta puede que así lo haya convenido para que se manifieste una pluralidad de pensamiento en el partido, donde la ministra se siente como pez en el agua… Todo una farsa que algún día escribirán los honestos después de haberla sufrido.
Pedro Villarejo