Poéticas de la guerra

15 de septiembre de 2023
2 minutos de lectura
Collage de guerras. | File

A todos los que escribimos nos pasa un poco como refiere Caballero Bonald: si pierdo la memoria no sé qué voy a decir. A la memoria acudo pensando en mi madre, que tenía una letra preciosa, abierta, de mosca fascinada. La A de su firma parecía una vela al viento que mostraba caminos.

Cuando cumplió noventa años nos dijo con filosófico convencimiento: “Por mucho que me quede no me puede quedar mucho”. Y entonces aproveché para rogarle que nos escribiese, con su excelente retentiva y preparación, las anécdotas más relevantes que pudieran servirnos a sus hijos para pespunte de su recuerdo. Para ella, evocar sus tiempos vividos en la guerra era una forma de liberarse de aquellos sufrimientos:

-“Los primeros días de agosto de 1936, ya habían asesinado a mi abuelo los demócratas de la república, sacándole los ojos, la lengua… quedábamos en el pueblo mi madre y mi hermana solamente, ya que a mi padre le sorprendió la guerra en Sanlúcar de Barrameda, de donde no se podía mover”.

– “La consigna era salir de allí antes de que nos mataran a todos, minados como estaban los contornos por la CNT y los anarquistas. Con los vecinos de nuestra casa ideamos un plan, a vida o muerte que, gracias a Dios, pudimos contar”:

– “La hija de nuestra vecina era guapa hasta dejárselo de sobra, las pestañas de sus ojos llegaban antes que ella a las esquinas. Un médico rojo, con responsabilidades de ambulancia, se enamoró de ella y de ningún modo podía permitir que algo malo le sucediera. Pero María no nos quiso dejar atrás a las tres que, con los cuatro de su familia, nos podríamos escapar en una ambulancia, gracias a que por el camino no iban a revisar a uno de los suyos”.

– “A regañadientes, y por el apasionado amor que le estrechaba, el médico accedió y nos dispusimos en el aprieto del coche a emprender recorrido hasta Linares pasando por Azuel, Cardeña y La Venta del Charco, donde precisamente un retén de milicianos detuvo nuestra ambulancia con las ventanillas cerradas. El médico sacó sus credenciales argumentando un traslado de enfermos ante el escepticismo de los que nos detuvieron”:

– “Abre la puerta de atrás de la ambulancia, a ver qué llevas”, reclamaron”.

– “Nuestro médico se hizo el remolón y extrajo primeramente del coche dos bombas de mano, por si éramos descubiertos morir allí todos juntos. La Providencia quiso que, en ese instante, unos de los fronterizos llamara la atención del jefe ante la gravedad de una situación que requería su presencia”:

– “¡¡¡Adelante, adelante!!!”

– “Y seguimos sin que hubiese necesidad de reconocer lo que en la ambulancia se escondía y sin que, hasta llegar a una zona de confianza para nosotros, tuviésemos algún tipo de molestias”.

– “Gracias al amor no terminamos como mi abuelo. Ah, el médico y María, al acabar la guerra, se casaron y fueron felices hasta los límites que yo pude saber”.

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