Adelantaba hace unos días el cardenal Cobo la notable sorpresa del papa León XIV al comprobar cómo España aguarda expectante y agradecida su presencia entre nosotros. La mayoría de españoles somos así de jocosos y extravertidos, “devotos de Frascuelo y de María”, desnudos o enjoyados del barroco más solemne.
Quien mejor nos representa es San Pedro, pescador y primer Vicario de Jesucristo que, al verlo de perfil sobre el horizonte del Tiberíades, se tiró al agua para abrazarlo antes que nadie. No sabemos si titubeó o el oleaje confundió su imprecisión, lo cierto es que inició su navegación de afectos sin sujetarse al timonel de la barca. Santa Teresa lo amó sobremanera por eso. Más tarde el de “te seguiré adondequiera que vayas” le negó tres veces frente a la lumbre donde se cocían las incertidumbres de si el Maestro era verdaderamente el Hijo de Dios.
Los hispanos somos admirables en eso de tirarnos al agua sabiendo que Jesús saldrá al encuentro de nuestra prisa. Pocos pueblos aguardan con tanto corazón al Vicario de Cristo: los jóvenes duermen donde sea con tal de verlo, hacerse un selfi o tocar la orla de su vestido para que su fuerza se derrame en las horas sin sueño o en el sustento pobre de los bocadillos… Luego, como Pedro, harán (haremos) lo que les dé la gana, negándolo si es preciso ante la coherencia de lo que nos pide. Ser cristiano exige un comportamiento acorde con su doctrina que la Iglesia encuaderna en un modo de vida. Pero quizá eso dé igual… y dejaremos luego, sobre la percha fría, los vestidos de fiesta.
… En cualquier caso, esta vertebración de deseos es un buen comienzo.
A este paseíllo de fragancias y gratitudes por la venida de Su Santidad se ha apuntado la sociedad entera. Del caracol de sus olas queremos provechosamente mojarnos para que quede bien claramente expresado que creemos en la valía del sucesor de San Pedro y en la necesidad, con la ropa mojada, de que alguien nos acerque una túnica seca.
Que el Gobierno, la Oposición y hasta el PNV, que estará al acecho por si el papa usa el euskera en cualquier acto protocolario, ya que algunas palabritas en catalán parece que se van a incluir en las hojas escritas de las bendiciones. Lógico es que todos quieran mojarse hasta donde el agua bendita del hisopo alcance. Kant aseguraba que los humanos nos solemos mover por las recompensas.
Es impensable, sin embargo, lo que han trasmitido algunos insensatos de que el Gobierno ha pedido al Vaticano la temática de los discursos que el papa pronunciará ante todo el mundo. Jamás un Gobierno prudente y democrático haría algo así, por más confianza que tuviera con la Secretaría de Estado. Ya se encargarán los intérpretes de llevar el agua a su molino para que las aspas de su palabra giren en la dirección que más les convenga. En ciertos casos la política consiste en decirle a todos que el agua no moja, aunque estén chorreando.
Del agua llovida por tantos afectos en su recibimiento, el papa León XIV está empapado. Ha sido una delicia verle sonreír en la escalerilla del avión; delicia el inclinado, reverente e impecable saludo de los Reyes; delicia el que una niña ciega le entregase su bastón para que le fuese devuelto con las luces de la gracia; delicia que el Presidente de Gobierno, amparado por muchos ministros y extensas autoridades hayan reconocido la trascendencia de su visita.
Quizá no importe demasiado hoy reseñar el uso que cada uno vaya a hacer de su presencia: Dios se vale hasta de lo que no es para salvar al mundo. Lo relevante es el fuego suave de tanta dignidad entre nosotros y que se le reconozca como enviado de paz y mensajero de la trascendencia. El respeto inquebrantable al ser humano… ha sido su primer mensaje. En estos días, con la serenidad que le caracteriza, el papa León XIV nos seguirá enseñando, empapado de satisfacción.