El diario del preso, fugado, Juan Antonio Flores: «Los ‘tres hombres de negro’ que entraron en mi celda empezaron ofreciendo 600.000 euros si retiraba mi querella» (capítulo IV)

11 de junio de 2026
10 minutos de lectura
Cárcel de Valdemoro
Entrada de la cárcel de Valdemoro,

Valdemoro: la conmoción por la fuga de El Piojo, traslados por venganzas y los tres hombres que aparecieron de la nada

[El digital FUENTES INFORMADAS les ofrece hoy el capítulo IV del diario carcelario del interno Juan Antonio Flores, de 43 años, quien se halla fugado desde hace un año por entender que las cárceles del ministro Marlaska y del secretario general Ángel Luis Ortiz no ofrecen una mínima atención sanitaria a los internos necesitados.

Flores sufre en la actualidad una nivel de dependencia 1, la más elevada, por las gravísimas negligencias y desatenciones médicas que se cometieron contra él al poco de ingresar en la prisión de Soto del Real. Estuvo a punto de morir. Tenía un cáncer en la pierna y solo le daban aspirina.

Y cuando regresó a la cárcel tras sobrevivir merced a la atención que le dieron in extremis en el Hospital Gregorio Marañón, la prisión de Alcalá Meco, la que dirige el inextricable Pepe Comerón, no le llevaban a las citas con los especialistas que le trataban las múltiples dolencias y secuelas que sufría. A continuación, el capítulo IV de su diario carcelario].

«Después de sobrevivir a la enfermedad pensé que lo peor había terminado. Me equivocaba. Cuando regresé a prisión comprendí que existía otra forma de desgaste.

Más silenciosa. Más difícil de demostrar. Más constante…

Y comenzaron los traslados. De un centro a otro. De un módulo a otro.

Siempre con la sensación de que alguien había decidido que mi lugar nunca debía permanecer estable.

Tras mi paso por Soto del Real fui destinado a Navalcarnero y posteriormente a Valdemoro. Y fue allí donde viví algunos de los episodios más extraños, inquietantes y difíciles de comprender de toda mi condena.

Nunca olvidaré el módulo 9.

Era un módulo deteriorado, conflictivo y con una fama que lo precedía. Muchos lo consideraban uno de los peores del centro. Sin embargo, fue allí donde encontré algo que en prisión vale más de lo que la mayoría imagina: cierta estabilidad.

Trabajaba en el Office. Éramos los encargados de preparar y repartir diariamente la comida del módulo. Aquello nos obligaba a convivir durante horas. Compartíamos trabajo, deporte, conversaciones y la rutina interminable de quienes pasan años encerrados entre los mismos muros.

Entre los compañeros, El Piojo y Miguel.

Entre los compañeros de trabajo estaban El Piojo y Miguel. Trabajaban con nosotros como cualquier otro interno destinado a aquel servicio. Nada más.

Yo nunca tuve relación con asuntos ajenos al trabajo ni conocimiento alguno de lo que pudiera ocurrir fuera de aquella rutina diaria.

Y precisamente por eso lo que sucedió después sorprendió a prácticamente todo el mundo. Hay fechas que jamás se borran de la memoria.

Para mí una de ellas es el 5 de diciembre. Aquel día no se me olvidará jamás. Eran aproximadamente las cinco y media de la tarde cuando comenzaron a producirse movimientos extraños dentro de la prisión.

Al principio nadie entendía qué estaba pasando. Después llegaron las carreras.

Los gritos.

Las llamadas.

Las puertas abriéndose y cerrándose sin cesar.

Los funcionarios recorriendo galerías y dependencias con una tensión que se podía sentir en el ambiente.

Entonces comenzó a correr el rumor.

El Piojo y Miguel habían desaparecido. Se habían fugado. Y lo habían conseguido. Aquello provocó un auténtico terremoto dentro de Valdemoro.

Pero hay algo que siempre he querido contar porque forma parte de la realidad que vivimos quienes estábamos allí.

La inmensa mayoría de los presos nos alegramos. Nos alegramos sinceramente. No porque deseáramos ningún mal a nadie. No porque existiera violencia. No porque nadie hubiera resultado herido.

Nos alegramos porque, según la información que circulaba entonces dentro del centro, dos personas habían conseguido escapar de prisión sin causar daño a nadie.

Y dentro de una cárcel, donde la libertad es el pensamiento recurrente de quienes permanecen encerrados, resulta difícil que una noticia así no genere una reacción emocional.

Muchos sonreían. Otros no se lo creían.

Algunos hablaban de ello durante horas.

Pero el sentimiento general era evidente.

La noticia había corrido por los módulos como la pólvora.

La reacción de los funcionarios fue completamente distinta. La prisión entró en un estado de nerviosismo que jamás había visto.

Recuentos extraordinarios.

Registros.

Interrogatorios.

Puertas abriéndose continuamente.

Órdenes. Llamadas. Preguntas. Muchas preguntas. Aquella noche fueron abriendo celdas una por una. Querían saber quién sabía algo. Quién había oído algo. Quién podía aportar alguna explicación.

La sensación que teníamos muchos internos era que se intentaba reconstruir con urgencia todo lo sucedido. Y como nadie parecía disponer de respuestas claras, el ambiente terminó impregnándose de una sospecha generalizada.

Pero la realidad, al menos en mi caso, era muy simple. No sabía absolutamente nada.

Éramos presos que compartíamos módulo y trabajo. Nada más.

Sin embargo, durante días la sensación fue que se buscaban explicaciones entre personas que carecíamos de información alguna.

Con el paso del tiempo escuché numerosos comentarios sobre posibles investigaciones internas derivadas de aquellos hechos.

También oí hablar de eventuales responsabilidades y consecuencias disciplinarias para determinadas personas.

No tuve acceso a ninguna de esas actuaciones ni puedo afirmar cuáles fueron sus conclusiones.

Lo que sí sé es lo que vivimos los internos. Y lo que vivimos fue una presión constante para intentar averiguar algo que sencillamente desconocíamos.

Las consecuencias llegaron enseguida. Los grupos de trabajo fueron desmontados.

Las dinámicas cambiaron. Compañeros que llevaban años viéndose todos los días dejaron de coincidir.

Personas destinadas a otros módulos. Equipos deshechos de la noche a la mañana.

La confianza fue sustituida por la desconfianza.

Pero hubo otro aspecto que muchos internos comentaban en voz baja y que resultaba todavía más difícil de entender.

Tras la fuga del Piojo y los posteriores intentos de fuga que también fueron objeto de conversación dentro del centro, no solo parecían existir consecuencias para quienes hubieran participado directamente en aquellos hechos.

La percepción extendida entre numerosos internos era que determinados familiares de algunas de esas personas también estaban sufriendo cambios constantes de destino.

Recuerdo especialmente al hermano de uno de los fugados y al hermano de Iniesta, interno cuyo nombre aparecía con frecuencia en aquellas conversaciones.

Eran personas distintas. Con sus propias condenas. Con sus propios expedientes. Con sus propias responsabilidades.

Y, sin embargo, muchos internos comentaban que sus circunstancias penitenciarias parecían volverse especialmente inestables. Cambios constantes de módulo. Traslados inesperados.

Destinos incómodos. Ubicaciones consideradas entre las más difíciles del centro. Pérdida de estabilidad. Pérdida de rutinas. Cuando conseguían adaptarse, aparecía otro traslado.

Cuando encontraban cierta tranquilidad, volvían a moverlos. Desconozco las razones oficiales de aquellas decisiones, de aquellos movimientos.

Pero la percepción dentro de prisión era evidente. Y aquella percepción generaba una pregunta incómoda que se repetía constantemente en patios y galerías.

Si la responsabilidad penal es individual, ¿por qué tantos internos tenían la impresión de que algunos familiares soportaban consecuencias derivadas de hechos que no habían cometido?

Aquella pregunta nunca obtuvo respuesta.

Y si algo aprendí durante aquellos años es que, en prisión, llevar un determinado apellido puede terminar convirtiéndose en una carga difícil de explicar.

Tiempo después conseguí acceder a un taller especializado en reparación de maquinaria de hostelería. Era uno de los destinos más valorados del centro.

La empresa era Novadelta. Llegaban cafeteras industriales procedentes de bares y restaurantes de toda España.

Máquinas averiadas. Oxidadas. Prácticamente inservibles.

Y salían funcionando como nuevas.

Reparábamos centralitas electrónicas. Circuitos. Calderines.

Sistemas eléctricos complejos.

Por primera vez en mucho tiempo sentía que volvía a ser útil. Que seguía existiendo algo de la persona que había sido antes de entrar en prisión.

Pero aquella tranquilidad tampoco iba a durar demasiado. Más adelante fui destinado al módulo 2. Y fue allí donde ocurrió algo que todavía hoy sigo sin saber explicar.

Una mañana aparecieron tres hombres vestidos de negro. Trajes impecables. Aspecto elegante. Seguridad absoluta. No eran funcionarios habituales del módulo.

Nunca antes los había visto

Nadie me explicó quiénes eran. Nadie me informó de su procedencia. Nadie me facilitó explicación alguna sobre el motivo de aquella visita.

Lo único que puedo afirmar es que accedieron al módulo, solicitaron hablar conmigo y mantuvieron una conversación que jamás he olvidado.

Entraron con una autoridad que llamó inmediatamente la atención de todos. Como si no necesitaran presentaciones. Como si su presencia resultara completamente normal para quienes les permitieron acceder.

Pidieron hablar conmigo. La conversación fue breve. Directa.

Me preguntaron qué quería. Qué necesitaba. Qué esperaba conseguir.

Mi respuesta fue inmediata.

—La libertad.

Recuerdo que sonrieron.

—Eso no podemos dártelo.

Entonces les hablé de mi familia. De mis hijos. De mi mujer. De la posibilidad de cumplir condena cerca de ellos.

De los cientos de kilómetros que tenían que recorrer para verme durante apenas unas horas.

También les hablé de las denuncias y procedimientos judiciales que seguían adelante por lo ocurrido años atrás en Soto del Real. Procedimientos que, hasta donde alcanzaba mi conocimiento, habían sido admitidos a trámite.

[Por eso estaban allí los hombres de negro, porque Flores había interpuesto una querella contra médicos y directivos de la prisión de Soto por la gravísima desatención médica que casi le lleva al otro mundo y por las que hoy tiene gravísimas secuelas; cojera, glaucoma ocular, diabetes tipo 1, la más grave. Hoy tiene reconocido un nivel 1 de dependencia].

Les facilité el teléfono de mi abogado, Eusebio. La reunión terminó pocos minutos después. Se marcharon.

Y pensé que jamás volvería a saber nada de ellos. Pero me equivocaba.

Tiempo después hablé con mi abogado. Y fue entonces cuando me trasladó una información que me dejó completamente desconcertado.

Según me explicó, había sido contactado por personas que, de acuerdo con lo que él mismo me comunicó, estaban relacionadas con aquella visita.

La finalidad, siempre según la información recibida de mi defensa, era explorar la posibilidad de alcanzar algún tipo de acuerdo económico vinculado a los procedimientos judiciales que continuaban abiertos y que yo tenía interpuestas.

La cifra que ofrecieron, según me trasladó mi abogado, rondaba los 600.000 euros. Una cantidad que para cualquiera podría parecer enorme. [En el siguiente capítulo se detallará qué sucedió con ese dinero…]

Pero no para quien conoce el alcance real de todo lo ocurrido. Mi abogado fue contundente. Aquella propuesta debía rechazarse.

Porque, según su criterio profesional, no resarcía ni de lejos los daños sufridos. Porque las reclamaciones existentes eran muy superiores.

Y porque existían consecuencias cuya valoración económica resultaba extraordinariamente compleja. A día de hoy arrastro una discapacidad permanente reconocida del 78%.

Una situación de dependencia grado I.

Secuelas físicas irreversibles.

Problemas médicos que me acompañarán toda la vida.

Complicaciones vasculares.

Trombosis sufridas con posterioridad.

Limitaciones permanentes que afectan a mi día a día.

Consecuencias que siguen apareciendo años después y que continúan deteriorando mi calidad de vida. Todo ello derivado de una situación que jamás debió producirse. Por eso sigo haciéndome las mismas preguntas.

¿Quiénes eran aquellos hombres?

¿Quién los envió?

¿A quién representaban?

¿Por qué podían acceder a prisión para mantener aquella conversación?

¿Quién tenía capacidad para contactar posteriormente con mi abogado en relación con procedimientos de semejante magnitud?

Nunca obtuve respuestas.

Jamás volví a verlos.

Y lo más importante es que nunca nadie me informó oficialmente de quiénes eran ni de la función que desempeñaban.

Pero lo más extraño estaba todavía por llegar.

A la mañana siguiente me ordenaron recoger todas mis pertenencias. Pensé que era otro traslado más. Otra mudanza penitenciaria. Otra estación en aquel recorrido interminable.

Pero esta vez era diferente. Mi destino era Alcalá Meco. Durante años había solicitado acercamientos. Durante años había recibido respuestas negativas. Durante años me habían explicado por qué no era posible.

Y, sin embargo, poco después de aquella visita, todo se movió a una velocidad que me resultó difícil de comprender.

Lo que sí puedo afirmar es que ambos acontecimientos se produjeron con una proximidad temporal extraordinaria.

Lo que no puedo afirmar es si existía relación entre ellos. Nunca tuve acceso a información que permitiera acreditarlo. Pero la secuencia de los hechos fue exactamente esa.

Primero aparecieron aquellos tres hombres. Después se produjo el contacto con mi abogado. Y poco tiempo más tarde llegó un traslado que llevaba años solicitando sin éxito. Esa es la realidad objetiva de lo ocurrido.

Las explicaciones nunca llegaron. Yo pensaba que por fin llegaba la tranquilidad. Que iba a estar cerca de mi familia. Que empezaba una etapa de estabilidad.

Que, después de todo lo vivido, por fin podría respirar.

No podía estar más equivocado.

Porque si Valdemoro me enseñó hasta dónde puede llegar la incertidumbre, Alcalá Meco terminaría convirtiéndose en el escenario de los episodios más duros, más sorprendentes y más difíciles de creer de toda mi vida penitenciaria.

No afirmo quiénes eran aquellos hombres. No afirmo para quién trabajaban.

No afirmo qué intereses defendían. Lo único que afirmo es que aparecieron sin previo aviso, hablaron conmigo, contactaron con mi abogado y desaparecieron.

Y que, después de años de negativas, mi situación penitenciaria cambió de forma inmediata. Cada lector es libre de extraer sus propias conclusiones.

Porque yo, después de todos estos años, sigo haciéndome exactamente las mismas preguntas.

Y algunas preguntas, cuando pasan los años y continúan sin respuesta, terminan pesando más que las propias respuestas.

Lo que entonces ignoraba era que Alcalá Meco no sería el final de aquella historia.

Sería el comienzo de la parte más dura.

Y lo peor todavía estaba por llegar, y vamos si llegó en CP Alcalá Meco», la cárcel del inextricable alcaide Pepe Comeón.

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