Insisto en el agradecimiento al papa León XIV por su constante referencia a los místicos españoles significados en la hermosura inabarcable de sus obras. San Juan de la Cruz y Santa Teresa, modelos de silencio creativo, de sublime oración con los ojos abiertos de la más alta mirada, son destacados por el Pontífice como la luz que no cesa en las pisadas del tiempo.
La noche representa la dificultad, la sombra de la vida. Desde ella, según el equipaje, se puede adivinar los horizontes de la luz o establecerse en una negrura sin remedio. Ningún corazón está condenado de antemano a la postración de la noche: siempre hay un amanecer, una aurora escondida.
Por eso San Juan de la Cruz llama amada a la noche en cuanto es transformadora gracias a una soledad que contagia secretamente compañía gracias a la luz de Dios que se ve al fondo, como un parpadeo indispensable.
¡Oh noche que guiaste! / ¡Oh noche amable más que la alborada. / ¡Oh noche que juntaste Amado con amada! / Amada en el Amado transformada.
Guía y transformación son palabras clave en el andamiaje esperanzado de lo oscuro que se sufre en lo personal, en lo familiar y en lo social. Para estos ámbitos tiene una respuesta el santo de carmelita, que el papa lo manifiesta intencionadamente:
En lo de uno, apartándose en lo posible como fray Luis de León, huyendo del ruido y siguiendo el sendero de las pisadas triunfadoras que lo son, precisamente, porque desembocaron en destinos dichosos y fraternos. A Dios se le escucha mejor en el recogimiento.
En lo familiar, tener en el seno de los hogares una amorosa disciplina de encuentros sin encono, perfilando objetividades, tratando de respetar los sitios de cada uno, sus valores y promesas, incluso la lentitud de sus cauces, guía a los que se sienten interpelados y fácilmente se transforma en lo reconocido.
Y social-políticamente, oyendo el parpadeo de la noche, sobreviven maltratadas las disonancias políticas