Hoy: 28 de febrero de 2025
Hay memorias que merecen el olvido pero que no pueden olvidarse. Así me lo expresaba el sobrino nieto de un judío que, en mil novecientos cuarenta y uno, estaba condenado a morir en Auschwitz. El episodio, según él, fue de esta manera:
Una mañana de niebla muy espesa salieron de un campamento nazi de refugiados cinco camiones, con unas treinta personas cada uno, destinados al crematorio de Auschwitz. Mi tío abuelo iba en el último camión, que guardaba una distancia considerable del anterior por la contrariedad climatológica. Veinte minutos más tarde, mi tío abuelo exigió al conductor del camión que parase porque había fallecido uno de los trasladados. Incomprensiblemente, el vehículo se detuvo a un costado y mi tío abuelo aprovechó para matar al conductor con una navaja escondida que llevaba: el compañero de cabina huyó despavorido. Mi tío abuelo, entonces, tomó el mando y siguió conduciendo hasta que pudo ver un barranco donde estrelló el camión y todos pudieron huir por veredas y caminos, salvándose como pudieron.
Hasta su muerte, mi tío abuelo, como creyente, sufrió la angustia de ser un asesino, aunque supo liberar a los treinta compañeros del traslado… Dios conoce el corazón de cada uno: Él sabrá lo que hace.