Lo he dicho en multitud de ocasiones. Lo he dicho en mis artículos. Lo he dicho en mis libros. Somos unos hipócritas. Nos convertimos en hipócritas cuando pasamos de ser una sociedad a ser una horda.
El pasado día 1 de septiembre, asesinaron a tiros a un taxista en la localidad de Azpeitia, en lo que yo llamo la Guipúzcoa profunda. ¡No lo mataron para robarle ni se puso en medio de una ”balacera” entre bandas, no!
Lo mató otro vecino del pueblo. Y por una de las razones más antiguas del mundo: “venganza”.
Pero no vamos a hablar del pasado del difunto y del presunto asesino dentro del mundo del narcotráfico, pues eso ya daría para un libro entero.
Lo que leo en las noticias durante los siguientes días es lo que me motiva a escribir estas líneas. Por ejemplo, al día siguiente, dice la prensa: “No te imaginas que algo así pueda ocurrir al lado de casa”, “Da miedo saber que sigue suelto y armado”, “Sobre todo, ha sido una gran tragedia para el pueblo. Solo esperamos que se le pille pronto”, señalan varios vecinos.
Lo que más me llama la atención es que hasta se ha ofrecido ayuda psicológica a los vecinos para poder hacer frente y sobrellevar el trauma vivido.
Parece ser que se han vuelto muy olvidadizos en Azpeitia. El 13 de enero de 1979, en la carretera que une Azpeitia con el santuario de Loyola, una explosión acabó con la vida de Francisco Gómez Gómez-Jiménez y dejó herido de gravedad a Juan Muñiz Sánchez. Dicha explosión fue provocada por un artefacto colocado en el talud derecho de la carretera y accionado mediante un sistema eléctrico por la banda terrorista ETA.
Cuando los compañeros de la Guardia Civil acudieron a inspeccionar la zona, otro artefacto trampa terminó con la vida de Miguel García Pollo y resultó herido Francisco Mota Calvo, quien dos días más tarde falleció en el hospital.
El 28 de noviembre del mismo año, en el bar Izaro de Azpeitia, los guardias civiles Antonio García Pérez, Antonio Ales Martínez y Pedro Sánchez Marfil fueron ametrallados y murieron en el acto. Hay que decir que el comando de ETA que cometió este asesinato tuvo la decencia de apartar previamente a la mujer de uno de los agentes para que de esa manera pudiera sobrevivir.
No hay que tener tanta memoria, ya que el 3 de diciembre de 2008 ETA asesinó de tres tiros a don Ignacio Uría Mendizábal.
También hay que recordar que durante muchos años se ha extorsionado, amenazado e invitado a marcharse a todo aquel que no colaborara activamente en la lucha armada de ETA y su entorno.
No recuerdo que por aquel entonces las instituciones públicas ofrecieran estos servicios a los vecinos del pueblo, a las familias de las víctimas o a los allegados de los muertos, amenazados, extorsionados o invitados a marcharse. Al contrario.
Se pintaban las casas de las familias de las víctimas con mensajes muy expresivos, como «Txakurrak», y lo que se comentaba entre los vecinos no era lo dura que había sido la gran tragedia que había vivido el pueblo, sino cosas como: «Que no vengan», «Para eso están» o «Que se vayan a su país».
También se olvidan los vecinos de Azpeitia, y en general todos nosotros, de que los miembros y «miembros» de ETA se erigían en jueces y ejecutores de todo aquello que ellos consideraban que no era acorde con la política que querían imponer, como por ejemplo los narcotraficantes.
Mataron, amenazaron, extorsionaron e invitaron a marcharse a traficar con droga a otra parte a muchos de ellos. Ahora, parece ser que la muerte de un vecino a manos de otro vecino se traduce en una gran desgracia para el pueblo. Cuando un vecino del pueblo señalaba, informaba y ponía la diana en la nuca de otro vecino del pueblo para que alguien viniera y le pegara tres tiros, no resultaba de ninguna manera una tragedia para el pueblo.
Cuando una persona se pasa varios años en la cárcel, dando vueltas al patio, dando miles, millones de pasos, y a cada paso que da se pregunta cómo es posible que se haya dejado engañar y traicionar por sus socios, que se han ido de rositas a costa de su condena, lo lógico es lo que ha pasado.
Que al traicionado, a ese que ha perdido no solo varios años de su vida, sino a su familia, a sus amigos, su nombre y su palabra —algo que muchos hoy en día no saben apreciar—, lo único que le mueve es la venganza. Pura y dura. Y es normal que medio pueblo estuviera acojonado.
Más memoria y menos hipocresía.
Alfonso Pazos Fernández