Maquiavelismo y la voluntad de poder: el sacrificio de la ética ante la razón de estado

18 de febrero de 2026
2 minutos de lectura

«La política, cuando se divorcia de la moral, deja de ser un servicio para convertirse en una emboscada contra el ciudadano.» — Doctor Crisanto Gregorio León

El ejercicio del poder desmedido, a menudo justificado bajo el velo de una pragmática gélida, se manifiesta cuando las decisiones de cúpula sacrifican la integridad de las mayorías bajo el pretexto de una supuesta estabilidad superior. Históricamente, se ha argumentado que razones de peso legítimo justifican acciones que, en el plano ético, resultarían intolerables, como el sacrificio de miles en aras de una victoria estratégica o el bienestar de una nación sobre otra. Sin embargo, la realidad contemporánea nos demuestra que esa razón de estado es, con frecuencia, un sofisma para ocultar la ineficacia o la arbitrariedad de quien manda. Cuando se imponen directrices que pasan por encima de la dignidad humana para favorecer intereses de grupo, nos encontramos ante un ejemplo patético de cómo la forma devora al fondo y la moral es condenada al ostracismo sistemático.

La sociedad actual es otra práctica de este principio donde el fin parece justificar cualquier medio, una herencia del pragmatismo más oscuro. La realidad es inherente a los propósitos de las estructuras que ostentan el dominio, donde la investigación y la narrativa oficial a menudo se sesgan para favorecer al vencedor en situación de ventaja, ignorando la bondad del argumento del vencido. No es extraño observar cómo se pretende dar una falsa sensación de paz otorgando privilegios a quienes ya ostentan el mando, ignorando que una paz sin rectitud es solo una tregua en la opresión. Si no acudimos al diálogo honesto y a la confrontación de ideas fundamentadas, estaremos perdidos; la convivencia se convertirá en un campo de batalla donde solo hay bandos y no bienestar común, donde la agresión física y moral se utiliza como un despliegue de fuerza que busca la sumisión del individuo.

En la praxis del poder, se observa una preocupante tendencia donde la ciencia política se separa por completo de la rectitud. El estadista debe entender que su labor debe pasar por encima de los intereses personales y familiares; de lo contrario, dejará de ser un auténtico servidor público para convertirse en un gestor de parcialidades. No obstante, existen individualidades opuestas a cualquier proyecto de transparencia que deben ser señaladas por su inacción. No se trata de una ambición individualista, sino del clamor de una sociedad que exige que los discursos no sean meros ejercicios de retórica vacía que desdigan el conocimiento de la historia ni sirvan para tapar las falencias de una gestión viciada que consume la ética desde sus cimientos.

En este escenario de distorsión, resulta aberrante que se ignore la voluntad del ciudadano mientras el sistema le oprime bajo esquemas de control absoluto. Es la culminación de un esquema que busca que la propia estructura social sea el instrumento de su propia aniquilación. Debemos recordar que la política es la ciencia que establece la relación sagrada entre gobernantes y gobernados. Si el encargado de dirigir los destinos de una comunidad olvida que su función primordial es proteger al hombre ante el imperio de la arbitrariedad, la corrupción de una cúpula se convertirá en lo cotidiano, alejándonos de la verdadera voluntad de progreso que la sociedad exige para su regeneración moral y política.

«La virtud no consiste en evitar el vicio, sino en no desearlo cuando el poder nos permite ejercerlo.» — Arístipo.

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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