Manuel Morocho, el hombre que lo supo todo de la red Gürtel

30 de abril de 2026
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La importancia de llamarse Manuel Morocho: «El comisario José Luis Olivera, mi jefe en la UDEF, me dice que le ha mandado el fax donde se descubre que L. B. es Bárcenas a María Dolores de Cospedal»

«Sé demasiado. Ese es mi problema. Ese es el problema de todos nosotros y de todo el programa: sabemos demasiado. Demasiado sobre los demás; demasiado sobre nosotros mismos».

El hombre que sabía demasiado

G. K. Chesterton, novela, 1922.

No fue uno de los suyos, es decir, uno de la cúpula del Cuerpo Nacional de Policía y del Ministerio del Interior, primero en el caso Gürtel y después en Kitchen. Y ese fue su pecado. El inspector de policía de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF), Manuel Morocho, que actuó en calidad de policía judicial con los jueces de la Audiencia Nacional, es el hombre que sabía demasiado. Su jefe de aquella época, José Luis Olivera, lo «supervisaba» y filtró información a María Dolores de Cospedal sobre las investigaciones judiciales y, más tarde, desde otro puesto, trató de seguir recibiendo informes antes de que los enviase al juez y, finalmente, intentó quitárselo de en medio.

¿Cómo?

Con una oferta que el ministro Jorge Fernández Díaz y el comisario Olivera —en aquel momento jefe del CITCO (Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado)— creían que Morocho no podría rechazar: un puesto en Lisboa o… Pekín, en la embajada que quisiera, mucho mejor remunerado.

Morocho rechazó esa oferta. Según ya dijo en instrucción el inspector, mientras Olivera le formulaba la propuesta, en una cafetería, sonó su teléfono móvil y el comisario dijo: «Sí, ministro, estoy con él».

Esto es, según Morocho, Olivera quería dar jerarquía a la oferta, y así se lo manifestó.

Y, según dijo este miércoles en el juicio, nunca le envió ningún papel a Olivera, es decir, al CITCO.

Por algo sería. Y así había sido.

Porque cuando era su jefe en la UDEF, Olivera, nada más recibirse una información secreta, se la transmitió a María Dolores de Cospedal.

Eso ocurrió cuando, en una primera fase de la investigación de Gürtel, se descubrió la identidad de una persona sobre la que se estaba indagando. En un fax secreto de una operación de la trama, la sigla L. B. era identificada en un correo como Luis Bárcenas, el tesorero nacional del Partido Popular.

Olivera fue informado en la UDEF sobre ello y envió el fax a Cospedal, quien, por otra parte, mantenía una línea de contacto permanente con el comisario José Manuel Villarejo desde 2009, un hecho probado.

Fue el propio Olivera quien se lo dijo, para la perplejidad de su entonces subordinado, el inspector Morocho: «Se lo he enviado a Cospedal y lo guarda en una caja de seguridad», manifestó Olivera.

Cospedal queda como lo que fue: una lideresa en Gürtel y Kitchen. No como la persona que ella interpretó, con dotes de actriz, la semana pasada en el juicio.

Morocho explicó quién supervisaba cada uno de sus informes, según supo por el sucesor de Olivera en la UDEF, el comisario Manuel Vázquez: «El policía Andrés Gómez Gordo visa tus informes», le dijo un día Vázquez.

«Cospedín» o «Andy». Así llamaban en la banda Gürtel-Kitchen al inspector Andrés Gómez Gordo, quien, a partir de 2011, había solicitado una excedencia en la Policía para ir a trabajar con Cospedal en la Presidencia de la Junta de Castilla-La Mancha. Pero desde allí, precisamente, bajo el mando directo de Cospedal, participaba en Gürtel y en Kitchen, dos operaciones gemelas. «Cospedín» intentó que Morocho admitiera en su equipo a un colaborador suyo, es decir, introducir un espía.

Sería, precisamente, lo que le tocó hacer en Kitchen: captar a Sergio Ríos, que carecía de empleo, para hacer de chófer de Luis Bárcenas y de su familia, con cargo a 2.000 euros mensuales pagados de fondos reservados; pagos al confidente que el coronel Diego Pérez de los Cobos, según su testimonio de este martes pasado en el juicio, no recuerda.

Fue Morocho quien se dio cuenta de Kitchen antes de llamarse Kitchen. Y después de que la operación se hubiese desarrollado.

Eso sucedió en 2015. Un 20 de agosto de 2015 recibe en su correo una comunicación de mayo de 2015. La banda Kitchen cuelga para encubrir la actividad delictiva un documento genérico en el GATI (Grupo de Análisis de Información de la Policía Nacional). De allí, bien lo saben los instigadores, se cursa la comunicación al UCIC (Unidad Central de Inteligencia Criminal) y, claro, como Morocho es el investigador jefe de la unidad que investiga Gürtel, se lo envían a su correo.

Pero aquí, en este parte informativo, solo se dice que se “adjunta una nota informativa sobre Luis Bárcenas”. Lo firma Andrés Gómez. Se supone que es el inspector Gómez Gordo.

Será mucho más tarde que a través del juzgado 5 de la Audiencia Nacional que se le requerirá al número 6 los datos secretos de esa “nota informativa” . Y ahí aparecen los seguimientos a la familia de Bárcenas y su entorno.

Vamos, Kitchen.

Morocho narró cómo, además de coaccionarle a él, los gerifaltes de la Policía —no «cloacas» o “parapoliciales”, como dice el mantra— toreaban a los jueces de la Audiencia Nacional.

El informe sobre Jesús Sepúlveda y Ana Mato, ministra de Sanidad del gobierno de Rajoy, estuvo terminado en diciembre de 2011, ¡pero no se envió al juez Pablo Ruz hasta abril de 2013!

El Morocho que hemos visto este miércoles 29 de abril y que continuará hoy jueves 30, ha sido el superviviente de Gürtel y Kitchen.

El juez Ruz había advertido algunos hechos que anticipaban la operación Kitchen en 2012 como las gestiones de la jefa de gabinete de la vicepresidenta del gobierno, María Pico, amiga de Bárcenas, para que el director de la Policía, Ignacio Cosidó, ordenase revisar un informe que identificaba a Luis Bárcenas como Luis el cabrón en la jerga de la banda de Francisco Correa, cuyo apellido en alemán, Gürtel, bautiza el caso.

Cosidó delega en los comisarios José Luis Olivera y Manuel Vázquez, quienes se reúnen en la cafetería restaurante Milford, en la madrileña calle de Juan Bravo con el abogado Alfonso Trallero, que representaba a Bárcenas. Les expone que Luis el cabrón no es Bárcenas sino otra

En abril de 2013, la conducta del PP ante la investigación lleva a Ruz expulsarle del procedimiento en el que el partido esta personado como acusación popular.

En un auto de 20 páginas el juez considera que algunas actuaciones concretas del PP en la causa “vienen en la práctica a contradecir” el planteamiento de que el partido “no tiene otra intención que colaborar activamente con la investigación”.

El magistrado cita una decena de actuaciones en los que los representantes del PP en la causa, supuestamente acusadores, actúan a favor de imputados como el extesorero Luis Bárcenas; su esposa, Rosalía Iglesias, o el exdiputado Jesús Merino. Según Ruz, esta forma de proceder “no resulta congruente”.

El PP decide acabar con el instructor y pone en marcha la operación en julio de 2013, al renovarle la comisión de servicios por seis meses. El ministro de Justicia, Rafael Catalá, y el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Carlos Lesmes, consuman la operación «acabar con Ruz» con sangre fría.

En diciembre de 2013, sabiendo lo que era su final, Ruz, ante la negativa del PP a cumplimentar los requerimientos de información sobre las obras de rehabilitación de la sede de Génova, envió allí una comisión judicial la noche del 19 de diciembre.

Después de catorce horas, se llevaron ingente documentación.

Morocho sigue en activo en una comisaría de Madrid como asesor jurídico (su profesión es la de economista) y Ruz es titular de un juzgado de Móstoles, tras serle cancelada su comisión de servicios en la Audiencia Nacional en diciembre de 2013.

Durante su comparecencia testifical de este miércoles Morocho recordó algo que ya narró en instrucción.

Y es que el director adjunto Operativo de la Policía, Eugenio Pino, le presenta un día al comisario Enrique García-Castaño alias El Gordo Big en la banda. Era el jefe de la UCAO, la Unidad de Apoyo de la Acción Operativa de la Policía, el hombre de los artilugios para espiar, hacer seguimientos, intervenir teléfonos…

García Castaño, al verle, dice:

-¿Tú por aquí? Tendrías que estar muerto.

“Y yo me di la vuelta y me marché”, dijo Morocho en la sala de juicio.

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