«[Que no se malinterprete en lo que voy a decir: mi ensayo no viene a enterrar la libertad republicana, sino a darle un hogar seguro. La República ha sido el escenario de las luchas y de los derechos mexicanos, y eso es sagrado. Pero la historia es implacable: una república sin un símbolo de continuidad es como una casa sin cimientos en tierra sísmica].
Cuando México perdió más de la mitad del territorio, no fue por falta de valor de los ciudadanos, sino por la soledad del mando. Un presidente dura seis años y mira al calendario; un Rey mira a los siglos y cuida la herencia de sus nietos.
Mi tesis literaria no busca menos democracia, sino más estabilidad. Pretende una república que gestione el presente, bajo la sombra de una monarquía que proteja el futuro y honre el pasado.
«Si miramos la historia mexicana sin los ojos vendados por el dogma republicano, veremos que fue la Corona quien, con el brazo de los bravos Tlaxcaltecas, extendió la frontera hasta las nieves del Norte y las selvas del Sur.
Esos guerreros indomables no lucharon por una ideología abstracta; lucharon por una Alianza de Sangre. Juntos, el penacho y la cruz, el náhuatl y el castellano, crearon el Reino más vasto de la cristiandad. Eso fue Mexico, el Reino más importante de toda la cristiandad.
Los españoles eran buenos conquistando imperios organizados, pero no sabían cómo pelear contra los chichimecas del norte, que eran guerreros nómadas feroces.
Y es aquí es donde entra la maestría política tlaxcalteca. El virrey Luis de Velasco II negoció con los cuatro señores de Tlaxcala el envío de 400 familias para pacificar y colonizar el norte.
El virrey les otorga formalmente el título de «Hidalgos» a todos los colonos tlaxcaltecas y a sus descendientes a perpetuidad; fueron, por tanto, como señores, como hidalgos, y no sólo a pelear, también a civilizar.
Fundaron pueblos al lado de los asentamientos chichimecas para enseñarles: Agricultura, Ganadería, Religión, Vida Urbana y Defensa militar.
Cuando había ataques, eran los guerreros tlaxcaltecas quienes defendían la frontera.
Pero llegó la república con su ambición de papel y su desorden. ¡Qué triste paradoja! En menos de treinta años, el sistema de los ‘ciudadanos’ entregó al extranjero lo que los ‘vasallos’ habían tardado siglos en construir y defender.
Los Tlaxcaltecas, colonizadores del septentrión, vieron cómo su esfuerzo se desmoronaba porque la república no supo ser madre, sino madrastra. Se Perdió Texas, Nuevo México y la Alta California no por falta de valor, sino por falta de un nexo que fuera el nudo de la unión.
La república es el reino de la parte; la monarquía es el nudo del todo. Si se quiere recuperar la dignidad de los Tlaxcaltecas y el esplendor de Moctezuma, debemos admitir que el experimento republicano ha dejado un mapa roto y un alma huérfana. No se busca volver atrás, se busca volver al nosotros mismos.
La Paradoja de la Culpa y el Silencio. Asistimos hoy a un espectáculo de una ironía trágica. Los herederos de aquella república que en el siglo XIX no supo defender sus fronteras, esos mismos que por desidia y ambición perdieron más de dos millones de kilómetros cuadrados ante el avance extranjero [de Estados Unidos], son los que hoy levantan el dedo para exigir disculpas a la Corona española. ¡Qué descaro diplomático!
Ya se expuso con la claridad en un capítulo anterior. Es ridículo pedir perdón por los abusos de la Conquista, — lo que, sin embargo, ha hecho el Rey Felipe en actos recientes, — cuando el sistema republicano aún no ha pedido perdón por la orfandad en la que dejó a las familias del Norte.
Aquellos que dilapidaron el patrimonio que los bravos Tlaxcaltecas ayudaron a construir, hoy pretenden ocultar su fracaso histórico tras el humo de una carta de reclamación.
No se pide perdón al pasado para sanar, se pide perdón para distraer del presente.
La verdadera disculpa que México espera no vendrá del otro lado del mar, sino del reconocimiento de que, al decapitar la Monarquía, se perdió también el escudo que protegía nuestra tierra.
I. La Realidad Desnuda. Miremos de frente a la nación. México vive en el estruendo, pero padece de un vacío. La República, en su afán de modernidad, cortó los hilos que ataban a lo sagrado. Hoy se vive una batalla de sombras, un cambio de nombres que no altera el alma del pueblo. Falta un centro. Falta una brújula. Falta la Majestad.
II. Esta Tesis literaria no es Retorno, es Reencuentro. La monarquía no es un sistema extranjero. Es la raíz más honda del pueblo mexicano.
Proponer la restauración de la casa de Moctezuma no es un ejercicio de nostalgia; es un acto de soberanía absoluta. Es reclamar el derecho de México a ser dueño de su propia historia, uniendo el eslabón perdido entre el imperio de Anáhuac y la nación moderna.
III. El Plan de Acción: La ejecución de la grandeza. No se pide un privilegio, se exige una identidad. Y la propuesta se fundamenta en tres pilares de hierro:
Legitimidad de sangre y suelo: Reconocer legalmente a los descendientes de Moctezuma como custodios de la dignidad nacional. No para ejercer el poder administrativo que seguirá siendo republicano y democrático en el sentido etimológico de que gobierna el pueblo, encarnando la Unidad Nacional por encima de cualquier partido.
La Paz de las Dos Raíces: El Trono es la única institución capaz de sanar las heridas. Al coronar la sangre de Moctezuma, México deja de ser un país de «vencidos» para convertirse en un Imperio de síntesis. Es el abrazo final entre dos hermanos el náhuatl y el castellano.
Justicia Histórica Efectiva: La restauración implica devolver el honor a los pueblos originarios. El Monarca será el Gran Protector de las lenguas y tierras ancestrales, con un estatus que ninguna ley ha logrado garantizar en dos siglos.
IV. Un estilo de Gobierno, un estilo de vida. Me gustaría encontrar la precisión de Azorín en el relato: explicar en pocas palabras, grandes hechos. Un Estado pequeño en burocracia, pero inmenso en su prestigio. Se quiere un México que sea respetado en Londres, en Madrid y en Tokio.
V. El Despertar. La República es el contrato; la Monarquía es la familia. El contrato se rompe; la familia permanece.
No estamos ante una utopía. Se está ante una necesidad histórica. Es hora de que el águila y el nopal vuelvan a tener un guardián que no dependa sólo de las urnas, aunque también, sino del destino. Porque un pueblo que olvida a su historia, termina siendo esclavo de sus tiranos.
Discurso de Asunción. Cierro por un momento los ojos y, haciendo un fuerte ejercicio imaginativo, veo al nuevo emperador Moctezuma o emperatriz, dando su primer discurso al pueblo.
La ceremonia no ocurre en un espacio cerrado, sino en la Plaza de las Tres Culturas. A la derecha, un representante de la Nobleza Tlaxcalteca (el linaje de Xicoténcatl).
No hay una corona de oro europeo; hay un intercambio de mantas de fino algodón y un cetro de obsidiana y plata; mientras se oye la voz emotiva y firme, con ecos a ranchera de Jorge Negrete, que todos escuchan:
«Mexicanos: Heme aquí. No vengo a reclamar lo que el fuego consumió, sino a custodiar lo que el tiempo ha salvado. Mi sangre es la de Moctezuma, sí; pero mi honor pertenece también a los bravos guerreros de Tlaxcala. Sin ellos, este México de hoy no tendría voz, ni fe, ni esperanza.
No somos hijos de una derrota, sino de una alianza. A los pueblos que se alzaron contra el yugo de entonces, les digo: vuestra valentía es el cimiento de mi trono. En este Reino, nadie es vasallo de nadie, pues todos somos herederos de la misma gloria mestiza. El águila vuelve a su nopal, pero esta vez, con las alas abiertas para cobijarnos a todos. Vivir es ver volver. Y hoy, volvemos a ser nosotros mismos.»
«Mi gratitud por el regalo de su arte, su Cine de Oro y esa banda sonora que habita en mi alma. Mi admiración se rinde ante la gallardía de Infante y Negrete, la elegancia de Pedro Vargas, el falsete de Aceves Mejía y la poesía eterna de Agustín Lara.
Gracias por la voz del gran Vicente Fernández y la pasión de Alejandro; y por mujeres que son pura alma como Chavela Vargas, Lola Beltrán y Lucha Villa. México, gracias por enseñarme que la vida se canta con el corazón en la mano«
¡Viva México!
Nota del Autor: Léase este artículo como lo que es, como un ejercicio literario, como un ensayo que narra una nueva visión de México hecha por un autor que ni siquiera es monárquico.