Las dos mitades del océano

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Océano

Aquel día, el pasamanos lucía más lustroso de lo habitual, como si alguien se hubiera esmerado en encerarlo esa misma mañana. Apoyó ambos codos sobre la bruñida superficie y se encomendó a la tarea que, desde su jubilación, se había convertido en su pasatiempo predilecto: contemplar el océano. Durante horas y horas, sin pausa. Su infinitud se le antojaba tan magnética que podía mantenerle obnubilado hasta que la noche desplegaba su gélido manto, desafiando el hambre, la sed y el cansancio físico que suelen aquejar a los que permanecen largo rato en la misma postura. Sabía, sin embargo, que nadie de su entorno valoraba ese componente mágico tanto como él. Ni siquiera la pequeña criatura que aquel ocioso domingo de mayo había decidido acompañarle.

Extendió la mano y revolvió el cabello de su nieto con cariño. En el rostro del chiquillo se adivinaba un aburrimiento extremo:

—Oye, cuando quieras nos vamos sin ningún problema. No me gusta verte con el ceño fruncido.

—Es porque me da el sol…

—Ya…–el abuelo suspiró– La oferta sigue en pie, insisto. Si quieres que nos vayamos, no tardamos nada. –Señaló el otro lado de la calle– Tengo el coche ahí mismo.

—No, abuelo, en serio. Si es lo que te gusta, yo no quiero ser una carga.

El anciano sonrió. Lo había educado bien.

—Solo dime una cosa– pidió el crío. –¿Por qué dejaste el mar? Papá siempre me ha contado que salías a navegar a menudo. Y que acostumbrabas a decir que era lo que más te apasionaba en el mundo.

El abuelo inhaló una larga bocanada de aire y dejó que se filtrara por sus fosas nasales hasta llenar sus pulmones. Después, lo soltó despacio.

—Ya habrás oído que el mar está repleto de historias. Yo me sé una, y te la contaré si deseas escucharla.

—Claro, abuelo. Adelante.

Había logrado espolear su curiosidad. El anciano fijó la vista en el horizonte y comenzó a hablar:

—Cuenta la leyenda que, no hace mucho tiempo, una línea imaginaria pero infranqueable había dividido el océano en dos mitades. La izquierda, de aguas siempre cristalinas y de color celeste, constituía la utopía de cualquier marinero. Era la que reflejaba los ambarinos rayos del astro rey, la que recibía los arrumacos de la brisa costera, la que escuchaba cada día los graznidos de las gaviotas y la que se erigía como una nada desdeñable fuente de ingresos para todos los que la frecuentaban, ya fueran pescadores, navegantes o vendedores de la lonja.

En cambio, la segunda mitad, de aguas turbulentas y cuya tonalidad recordaba más al negro tizón que al azul, era la que quedaba cercada por grises nubarrones, la que resistía la furia de los vendavales y las tormentas eléctricas. La que albergaba en su seno las moradas de horripilantes monstruos mitológicos y en la que Long John Silver derramó su propia sangre en pos de la gloria eterna. En ella, las olas salvajes rompían con inusitada violencia en las rocas. De las atrocidades de esta parte del mar han sido testigos los barcos hundidos, las morenas hambrientas y los cadáveres sepultados por la sal, de los que hoy apenas quedan huesos.

Pero hubo un hombre… – continuó el anciano, sin preocuparse del efecto que sus palabras habían tenido en su nieto. – Sí. Hubo un hombre que logró reunir la valentía suficiente para remar sobre la cuerda floja, para bailar sobre el alambre, para conducir su navío sobre la línea que separaba ambas mitades. Porque había de cumplir dos promesas.

—¿Dos promesas?

—Sí. Una se la hizo a sus seres queridos, a los que aseguró que nunca pondría su integridad en peligro por otra de sus alocadas ideas. Pero la segunda promesa se la hizo a sí mismo. Se dijo que necesitaba adrenalina, que la vida no merecía la pena si no sentía el corazón martilleando en el pecho cada día. Por eso, siempre se cuidó de navegar entre ambas mitades, entre el riesgo y el amparo, indistintamente. Abandonaba su hogar con los primeros atisbos del alba y regresaba cuando las estrellas se afirmaban en el cielo y las aletas dorsales de los tiburones se deslizaban bajo los botes.

Lo prohibido siempre es lo más atractivo. Y fue esa dulce atracción la que provocó que el hombre se rindiera ante aquel hipnótico canto de sirena que brotaba de la mismísima oscuridad. Empezó a sopesar que quizá podría traspasar el límite, aunque tan solo fuera durante unos minutos, fantaseaba con las desbocadas pulsaciones que alcanzaría su frecuencia cardíaca si faltaba a su palabra… No hubo introducido el remo en las aguas embravecidas cuando la mitad plácida del océano se esfumó delante de sus propios ojos y las olas salvajes lo rodearon, aislándole para siempre de la tranquilidad que había conocido.

No obstante, curtido en mil batallas como estaba, supo emprender el camino de vuelta y, cuando, exhausto, se tendió en la cama, su vena aventurera despertó, palpitando como nunca antes lo había hecho. Quizá debería volver a probar suerte al día siguiente. Quizá los dioses tan solo pretendían tentarle, ver hasta dónde era capaz de conducirle su desmesurada ambición, sus ansias de desenterrar secretos con los que ningún otro capitán habría podido siquiera soñar. Si ese era el reto, estaba dispuesto a aceptarlo con todas sus condiciones. Y, sin previo aviso, convirtió su rutina en una odisea diaria en la que la muerte se hallaba tan próxima como la vida.

Sus allegados le advirtieron que esa afanosa búsqueda de su Moby Dick particular acarrearía consecuencias desastrosas. Que los relámpagos sorprendían incluso a los lobos de mar más diestros y experimentados. Que los designios de la naturaleza eran arbitrarios e incontestables y, por tanto, también imprevisibles. Él hizo caso omiso durante años, vio cómo su circulo de amistades se reducía irremediablemente a causa de su obstinación. Pero aquel individuo permanecía firme en sus convicciones. Su sexto sentido, desarrollado a fuerza de veteranía, lo empujaba a creer que detrás de aquella masa acuosa inabarcable que era el mar, se toparía con un descubrimiento ignoto que bien valdría el esfuerzo invertido.

Sufrió lesiones de todo tipo y padeció enfermedades que habrían hecho enmudecer a almirantes de épocas remotas. Y, a pesar de todo, nunca cejó en su empeño. Un hormigueo en el estómago le indicaba que su anhelo se encontraba cada vez más cerca, que en apenas unos días podría rozarlo con la yema de los dedos…Hasta que algo sucedió.

—¿Qué sucedió, abuelo? ¡No me dejes así! ¡Cuéntamelo!

—Será mejor que lo veas tú mismo.

Entonces lo vio. Cuando el abuelo desabotonó el puño de la camisa y tiró de ella hacia arriba, supo que nunca podría dejar de verlo. Ni en aquel momento ni en el resto de su vida. Y, a día de hoy, después de tanto tiempo, aún continuaba siendo incapaz de explicar aquella visión. Solo recordaba haber ensayado una mueca de espanto, mientras una cascada de lágrimas de angustia resbalaba por sus mejillas. No acertó a despegar los labios.

—Lo que el océano te da, el océano te lo quita. Recuérdalo siempre –concluyó el abuelo, mientras volvía a cubrir el muñón con la manga de la camisa.

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