La reciente puesta en marcha del nuevo Hospital Universitario de Cuenca ha supuesto un hito de modernidad y dotación funcional para nuestra provincia. Sin embargo, este avance deja tras de sí una infraestructura de dimensiones colosales: el antiguo Hospital Virgen de la Luz. Nos encontramos ante un inmueble que, a pesar de su cese de actividad sanitaria, se mantiene como un edificio robusto, dotado de servicios básicos y con un coste de rehabilitación que se presume relativamente bajo en comparación con la construcción de nueva planta.
La gestión de este patrimonio no es una cuestión meramente administrativa, sino una decisión de calado ético. He tenido conocimiento de propuestas que sugieren transformar este espacio en un centro de acogida exclusivo para extranjeros, con el fin de aliviar la presión migratoria que soportan otras comunidades autónomas. Si bien la intención nace de un espíritu solidario y humano que comparto, considero que la ejecución de una «monocultura asistencial» es un error estratégico y social. La utilización racional de este inmueble debe pasar por un prisma de complejidad y convivencia, no por la creación de compartimentos estancos que aíslen el problema en lugar de integrarlo.
Desde mi convicción socialdemócrata, observo con preocupación cómo la creación de centros exclusivos para colectivos vulnerables —ya sean inmigrantes, jóvenes o ancianos— acaba convirtiéndose en el embrión de guetos. La historia reciente nos demuestra que la exclusividad genera rechazo en la sociedad receptora. Cuando un gran inmueble se dedica a un solo fin, se rompe el nexo social y se alimenta la discriminación.
La lucha contra los radicalismos y la polarización actual, que tanto daño hace a las capas más bajas de la sociedad, no se gana con muros, sino con soluciones originales y adecuadas a las necesidades reales. La xenofobia no es innata al ser humano; es un contagio social que se fomenta cuando se divide a los ciudadanos en función de sus problemas.
Al entrelazar las distintas caras de nuestra realidad social —el joven que busca futuro, el anciano que aporta memoria y el inmigrante que busca esperanza— logramos que el conocimiento de las peculiaridades del «otro» lleve a su asunción y aceptación. No se trata de crear unidades de exclusión, sino soluciones de inclusión que hagan propias las necesidades de nuestros semejantes.
Frente a la segregación, propongo un despliegue pragmático basado en la unificación de criterios. La solución que elevo a las autoridades y a la ciudadanía consiste en la convivencia de cuatro servicios esenciales bajo un mismo techo, permitiendo que la interacción diaria disuelva los prejuicios.
La unión de estos cuatro servicios es posible, necesaria y unificadora. Satisfacer necesidades que están «a flor de piel» requiere valentía política para huir de los modelos convencionales que solo generan apartados. El antiguo hospital Virgen de la Luz puede ser el escenario donde Cuenca demuestre que la solidaridad comunitaria es más fuerte que el miedo al diferente.
Tratemos de romper las trabas contra los extranjeros, ayudemos a nuestros jóvenes y situemos a nuestros ancianos en el lugar que merecen: dentro del movimiento social y no al margen de él. Esta es la única vía para combatir la actual polarización y construir una sociedad donde la inclusión sea el eje vertebrador de nuestra convivencia.
El artículo aboga por la inclusión y yo estoy de acuerdo
El autor apela al diálogo y a soluciones imaginativas para solucionar estos problemas, son difíciles, pero lleva razón.