Barcelona ha vivido este viernes uno de esos momentos que, sin hacer ruido, pasan a formar parte de la historia de la ciudad. La basílica de la Sagrada Familia ha colocado el brazo superior de la torre de Jesucristo, la más alta del templo, alcanzando ya los 172,5 metros de altura. Con esta instalación, el emblemático edificio diseñado por Antoni Gaudí se convierte oficialmente en el punto más elevado del perfil urbano barcelonés.
La maniobra no ha sido sencilla. Las condiciones meteorológicas, especialmente el viento que afecta estos días a la capital catalana, obligaron a extremar las precauciones. Solo cuando se garantizaron plenamente las medidas de seguridad se dio luz verde a la operación. Desde primera hora de la mañana, operarios y técnicos trabajaron con precisión milimétrica para elevar y encajar la pieza en su posición definitiva.
El momento marca el inicio del tramo final en la construcción de la torre de Jesucristo, uno de los elementos más simbólicos del templo. Esta torre central no solo destaca por su altura, sino también por su significado espiritual y arquitectónico dentro del conjunto. Cada avance supone un paso más hacia la culminación de un proyecto que comenzó en el siglo XIX y que ha atravesado generaciones.
La instalación del brazo superior no es únicamente un logro técnico. Es también un símbolo del esfuerzo colectivo que ha permitido que la Sagrada Familia continúe creciendo año tras año. Desde artesanos y arquitectos hasta ingenieros y restauradores, cientos de profesionales participan en una obra que combina tradición, innovación y tecnología de vanguardia.
El arquitecto director del templo, Jordi Faulí, ha comparecido para valorar la colocación de esta pieza junto a Mauricio Cortés, responsable de las torres. Ambos han destacado la complejidad del proceso y la importancia de este avance dentro del calendario previsto. La torre de Jesucristo se acerca así a su configuración definitiva, un momento largamente esperado tanto por los responsables del proyecto como por los ciudadanos.
Con sus 172,5 metros, la basílica supera ya cualquier otro edificio de Barcelona, redefiniendo el skyline de la ciudad. Sin embargo, más allá de la altura, lo que realmente impresiona es la perseverancia de una obra que ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder la esencia del genio de Gaudí.
Turistas y vecinos han seguido con expectación la maniobra, conscientes de que estaban presenciando un episodio histórico. La Sagrada Familia no es solo un monumento; es un proyecto vivo que sigue transformándose ante los ojos del mundo.
Cada nueva pieza instalada es un recordatorio de que los grandes sueños arquitectónicos requieren paciencia, compromiso y visión a largo plazo. Y este viernes, Barcelona ha vuelto a mirar hacia arriba con orgullo.