La culpa trasladada

13 de septiembre de 2026
4 minutos de lectura

De Adán y Eva a la crisis de Ceuta, una reflexión sobre la tendencia humana y política de eludir responsabilidades y trasladar siempre la culpa a los demás

Desde que la humanidad tiene noticia de sí misma, los seres humanos hemos aprendido a hacernos responsables únicamente de aquello que nos beneficia, dejando los fracasos y desaciertos para los demás, incluso culpándoles de nuestros yerros para que ellos sean quienes sufran las penas que pudieran correspondernos… Así hasta el día de hoy. A pesar de todo, a cierta edad nos llamamos adultos.

GÉNESIS

Aunque a algunos les cueste creerlo, Dios ha creado a la humanidad para que pasee sin reloj por los jardines del Paraíso. Estremece leer el espectáculo de un Edén  lleno de frutos siempre a punto, de brisas lentas al atardecer, de palmeras y aves jugando con las sombras del ramaje, de aguas donde se desplazan serenamente las maravillas… En medio de esa dorada abundancia Adán y Eva, desnudos de todo aquello que pudiese estorbar sus encuentros, sin necesidad de soñar más sueños que los vividos. Partícipes los dos de la múltiple transparencia en los colores del pavo real, de las flores nacidas a su paso, del contorno del aire que les perfumaba… Todo suyo, menos el árbol que guardaba los secretos de Dios, con manzanas de oro tentadoras:

-De los frutos de ese árbol no comáis…

Ya Dios sabía que lo prohibido  apetece más que lo posible. Y quiso poner a prueba la obediencia y el agradecimiento de sus hijos. Pero Eva comió tras ser gustosamente engañada. Más tarde Adán, que temió ser despreciado a la noche si no secundaba a mediodía la invitación de su compañera.

Adán, desnudo, aún con el bocado dulce de la manzana en la boca, dijo a Dios que había sido Eva la culpable del desorden. Y Eva no quiso quedarse con la culpa entera y se justificó señalando a la serpiente seductora, que seguía enroscada en su obligación de sostener la mentira.

Más tarde en la Escritura Sagrada llegó Caín, que se encogió de hombros cuando Dios le preguntó quién había matado a Abel, su hermano generoso… La multitud  de datos bíblicos desembocan en Pilato que, lavándose las manos, trató de dejar su culpa en el agua de la palangana.

HIGOS A SU ALCANCE

El emperador César Augusto no se fiaba de nadie. Y con razón. Por eso comía escasamente de los platos que otros ya habían probado. Apenas si, cuando paseaba por el jardín, tomaba alguno que otro de los higos que estaban a su alcance.

Cuentan los apócrifos que Livia, su esposa, estaba ya cansada de arrugadas costumbres sin que, a medio plazo, se pudiese prever la sucesión del trono en su hijo Tiberio, que no sólo fue desdichado, sino que prolongó en los demás desdichas infinitas. A esposas así se les supone capacidad suficiente como para envenenar la dulzura de los higos y de cualquier propósito o mirada al alcance de sus posibilidades. Y se dedicó, cuando a la tarde apenas ya si se veía, a inocular gotas de pócima mortal en los higos que el emperador podía coger con su mano cuando paseaba.

La historia casi nunca cuenta las verdades profundas, pero cerca estaban quienes lo vieron y aseguran que Augusto murió en una soliviantada noche de higos envenenados. Después, al parecer, Tiberio le echó la culpa a su mamá, aunque en la urdimbre de la muerte fuese culpable la prisa que el aspirante tenía por comenzar las improcedencias de su imperio.

CEUTA ENCARCELADA

Cada vez que paso por Madrid procuro visitar a Rosi, una casi anciana de años imprecisos que pide ayuda cerca de la iglesia de Antón Martín, sentada sin estorbar en la grada de un negocio abierto. Es su sitio. Y yo sé que está allí, con su melena blanca de cola de caballo, limpia, mirando con ojos que enrojecen si no tienen colirio:

-Estás más delgado, dijo nada más verme.

La última vez aceptó desayunar conmigo en el bar de enfrente donde un obispo emérito, vestido de negro y con su anillo grande, leía el ABC entre sorbos de café con leche. Rosi vive en una habitación de alquiler que una amiga le ofrece por los trescientos euros que cobra de la ayuda social; los gastos de comida, farmacia y luz corren a cargo del “contribuyente” que pasa y la saluda; a los fijos, como yo, les da conversación:

-Como soy soltera y pobre de solemnidad aún espero  un sitio donde vivir prometido por la asistenta social que me visita. Esta vez parece que va en serio, aunque con la política pasa como con el eclipse ese de hace poco, que hay poca luz y mucha sombra.

Aprovecho entonces para preguntarle si sabe algo de lo que está pasando en Ceuta, con tantos marroquíes invadiendo la ciudad:

-Sí, algo escucho cuando mi amiga pone el telediario de las tres. Yo entonces le digo a Loli que esto nunca se va a arreglar porque, siendo todos culpables, nadie se echa la culpa. Lo mismo pasa con este gobierno que no acaba nunca y que, según dicen muchos, es un puro desastre: la tragedia de Ceuta acabará, y la de España entera, cuando todos los malos por fin se pongan de acuerdo un día en dejar de serlo.

… En Ceuta han comenzado a florecer inesperadamente un conjunto de higueras, limoneros, manzanos, Livias, Tiberios, Adanes… todos saben allí quién ha puesto veneno en la verdad y por qué esconden la culpa unos y otros en defensa del único responsable.

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