Por JOSÉ VALENZUELA ÁVILA
En Ceuta el tiempo no avanza, se pudre. Los hombres caminan despacio, con desesperación, y es difícil ver una mujer en la calle. Más difícil aún es ver niñas jugando. En este rincón del mapa, el Gagancho del Siglo XX no ha descubierto todavía que la libertad es un lujo que no se posee. Él lo tiene todo y, sin embargo, tampoco es dueño de su libertad. Tiene dos amos.
Es lo que los cronistas de las tabernas han empezado a llamar ya la Doctrina Gagancho. Una teoría política fundada en el vasallaje simultáneo a dos amos. Los actos de este jefe de la nada no son hijos de la estrategia, sino de un miedo cerval. De un pánico físico, de entrañas flojas, de hielo de sangre a medianoche.
Nuestro Gagancho no gobierna: sobrevive temblando. El primero de sus amos es el Sultán. Un dueño invisible para los poco avisados, que habita en el silencio de África y se divierte en París. El Sultán no usa cadenas de hierro. Le basta con los secretos del móvil. Los mensajes cruzados. Las fotos que queman las manos. Las grabaciones que harían temblar los pilares del Estado.
Cada vez que el teléfono de Gagancho vibra, el aire se vuelve de plomo mientras tiembla. Es la esclavitud moderna. El chantaje digital es un calabozo sin rejas del que el preso guarda su propia llave, pero no se atreve a usarla. El Sultán sonríe desde su palacio. Sabe que un solo clic puede sepultar a Gagancho.
El segundo amo es Carles, el fugitivo de Waterloo. Con él, el trato es comercial. A Gagancho la patria le importa un rábano. La moral le parece una majadería. A él solo le interesa el poder. Esa sustancia sin cuerpo que le permite mirar a los demás por encima del hombro. Y ese poder se lo debe al prófugo que lo ha hecho cautivo por siete votos.
El país padece una carambola parlamentaria delirante. Un prófugo residente en la provincia belga de Brabante manda en el presidente pícaro de la nación del sur, aun siendo ésta una nación grande, histórica, y de una grandeza secular y única.
Pero Gagancho es un siervo agradecido y obediente. Dobla la rodilla ante el flequillo, porque sabe una verdad incómoda: si el catalán no es satisfecho, la tarima donde está el sillón del jefe ficticio, se hundirá.
Séneca, el sabio cordobés, ya nos advirtió de que no hay servidumbre más vergonzosa que la voluntaria. Gagancho la eligió por codicia y la mantiene por terror. Ahora vive atrapado en una pinza tiránica, como él lo es también con el débil. Vigila la pantalla del teléfono con pánico al Sultán. Vota con las dos manos lo que le ordenen de dos sitios, desde el norte y desde el sur.
Es el precio de la ambición. Compró el mando envenenado, entregando el alma. Al final de cada día, tener dos amos no te hace el doble de importante. Te hace el doble de esclavo. El viento de Moncloa sigue soplando para romper un país. No trae respuestas. Solo trae polvo y murmullos de traición.
Primera. Ley de la soberanía delegada. El poder real no se ejerce; se debe. Quien ostenta la vara de mando en el sur está obligado a inclinar la cabeza ante el norte, y ante más al sur.
Segunda. Ley de la balanza del terror. El miedo cerval es la única fuerza motriz de la acción institucional. Un gobernante sin pánico es un gobernante sin rumbo. Las decisiones de la doctrina son aquellas que se toman con el sudor frío del chantaje empapando la camisa por el miedo.
Tercera. Ley de la asimetría del vasallaje. Es posible servir a dos señores contrapuestos si a uno se le entrega el honor y al otro los presupuestos. El Sultán se queda con los secretos del silicio; el prófugo se queda con la aritmética de las urnas. A Gagancho le queda la nada, adornada con coche oficial.
Cuarta. Ley de la futilidad del lamento. La queja es un vicio inútil cuando la esclavitud ha sido firmada ante el altar de la codicia. Yerran quienes creen que el siervo voluntario no tiene derecho a la piedad del Tribunal, ni al perdón de los filósofos. Poderoso caballero es el cargo y dinero. Piensen: ¿Quién nombró al máximo intérprete de la Ley y quién también a los que acusan?
En Ceuta, quien vende el alma no reclama la devolución del dinero.
Epílogo. Las noches de Ceuta se cierran sobre las Murallas Reales con el peso frío de una losa. En su despacho, Gagancho contempla la vara de mando apoyada contra la pared; parece un trozo de madera vieja, astillada por demasiadas manos muertas. No queda nadie. Solo el zumbido eléctrico de la nevera y un silencio espeso.
De pronto, la pantalla del teléfono se ilumina sobre la mesa. No suena ninguna melodía. Solo un parpadeo azul, constante, que exige tributo. Gagancho aún no alarga la mano. Sabe que, conteste lo que conteste, la orden vendrá firmada por su jefe del norte o por su jefe del sur. Se sienta a esperar el alba, comprendiendo al fin que el poder es una silla alta donde uno se sienta únicamente para ver mejor sus propias cadenas. La farsa aún no ha terminado. La noche será eterna.
José Valenzuela Ávila