Los comunistas, ateos y demás obsesionados le tienen miedo a la Cruz como si se defendieran de las astillas de la vida, que están por todas partes. El alcalde de Gironella, independentista de Junts, hijo mental del crucificado por la ley que espléndidamente sobrevive en Waterloo, se levantó una mañana y dijo: Esta cruz es franquista, hay que quitarla no vaya a ser que aparezca el generalísimo otra vez por estos lares y haya que aplaudirlo, como el pueblo hizo entonces cuando vino. Miedo a que de nuevo le regale el presidente del equipo “más que un club” otro escudo de oro y brillantes… Y apareció el rincón donde la cruz se levantaba huérfano de presencia visible y estremecido por una orden dictatorial que allí se llama democrática.
Las cruces en las puertas de la iglesias hay que echarlas abajo y, en el sitio que ocupan, levantar hoces y martillos para construir una nueva España que no esté anestesiada por cirios y sotanas. Eso fue lo que hace un par de años la alcaldesa comunista de Aguilar de la Frontera decidió hacer con la cruz, alta y firme, a la puerta del convento de las carmelitas descalzas. Días después, en un vertedero se la encontraron.
Más peligra la ignorancia que la maldad.