La azarosa vida de una pelusa

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cuentos de verano

Aunque no os lo creáis, la vida de las pelusas domésticas es altamente peligrosa. Mi padre dice que la aspiradora fue el comienzo del fin, la debacle, el apocalipsis de nuestro mundo. Ese artefacto rugidor y terrorífico, era para él el mismísimo demonio.

En nuestra casa al principio no había aspiradora. La dueña era una anciana con artrosis que malamente podía barrer detrás de los armarios. Todo lo demás lo tenía limpísimo, pero la buena mujer no tenía fuerza para rodar los muebles ni para agacharse, por lo que los rincones oscuros y escondidos, nos mantenían a salvo.

El mejor lugar para jugar, era debajo de la cama. La colcha ocultaba nuestra presencia, pero dejaba pasar un ligero resplandor y era muy agradable dejarse llevar por la brisa.

Correr por el pasillo a otra habitación era peligrosísimo. A veces, la anciana cazaba a alguna de nosotras con un trapo húmedo o con la fregona y no volvíamos a saber de ella.

Un día, la anciana se puso enferma. Se pasaba el día en la cama y no podía limpiar. Y entonces llegó LA ASISTENTA. Yo soy chiquita. No sabía lo que era una asistenta. Pero mis abuelos y mis padres, organizaron una especie de “¡¡¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!!!” y nos aleccionaron a los más jóvenes para que nos mantuviésemos detrás de los armarios o en los rincones para evitar sucumbir.

Una exageración, seguro. Por lo menos eso pensaba yo, hasta que una mañana se escuchó por toda la casa un rugido ensordecedor que iba y venía.

—¡Es la aspiradora! ¡Es la aspiradora! Mi madre temblaba como una hoja y mi padre intentaba consolarla, pero él temblaba también.

A medida que el rugido se hacía más y más fuerte, un viento con un olor rarísimo tiraba de nosotros hacia fuera.

—¡Corred! ¡Detrás del cabecero!

Era difícil ir contra aquella fuerza que succionaba todo lo que iba encontrando a su paso.

Mis hermanos, mis primos y yo subimos volando detrás del cabecero. También mis padres y mi abuela. Pero mi abuelo estaba tan gordo, llevaba tanto, tantísimo tiempo creciendo detrás de la pata de la cama, que no pudo subir. Intentó esconderse pero aquel tubo aspirador le encontró y se lo comió en un abrir y cerrar de ojos.

Mi madre lloraba, nosotros los pequeños chillábamos… mi padre maldecía a la aspiradora… No sirvió de nada. El lugar que ocupó mi abuelo tantísimos años estaba vacío. Era raro. De pronto se había ido.

Nos dimos cuenta entonces de que no se había marchado sin pelear. De alguna manera había atascado la aspiradora, que empezó a sonar muy mal y a soltar humo hasta que se quedó callada. La asistenta se enfadó bastante y se llevó el aparato infernal fuera de la habitación mientras farfullaba toda clase de cosas. Y con la aspiradora, se llevó para siempre a mi abuelo. Trajeron otra aspiradora, pero hemos aprendido a escondernos bien.

Vino una vez a nuestra casa una pelusa viajera que nos contó un montón de cosas interesantísimas. Nos dijo que había casas donde los armarios no tenían patas. ¡Estaban empotrados en la pared!
-Es muy difícil esconderse allí, pero generalmente, en el suelo del armario, donde están los zapatos, rara vez limpian. (Bueno es saberlo, por si de pronto nos da por mudarnos).

También nos contó que han inventado un plumero que no tiene plumas. Es una especie de cosa con pelos que nos atrapa con electricidad estática o estética o estótica… No recuerdo muy bien cual palabreja era. Y hay una cosa que llaman mopa que sale de caza embadurnada en un potingue apestoso para apresarnos. Antes de irse, nos confió un secreto: Las aspiradoras no nos matan. Solo nos retienen en unas bolsas y con un poco de habilidad, es posible escapar de allí. Y también nos dijo que lo realmente peligroso, es la fregona. Si te pilla y te mete en el cubo, no lo cuentas.

Cuando se fue, me quedé con ganas de acompañarla. Esta vida es un absoluto aburrimiento. Todo el día escondida para no ser víctima de algún desaprensivo o alguna obsesa de la limpieza pertrechada con artilugios asesinos. Creo que me voy a marchar. Y buscaré a mi abuelo. A lo mejor consiguió salir de la aspiradora.

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