Si fuésemos conscientes de que cualquier sombra busca refugio en las esquinas de la luz. Si supiéramos que cada negrura de los seres humanos son manchas que quedan en el tiempo impidiendo una navegación diáfana. Si entendiésemos que cualquier maldad, aunque nadie nunca la conozca, es una huella podrida que queda en los caminos de la Historia… actuaríamos quizá de otra manera. Del mismo modo que los pájaros enseñan al que pasa su repertorio de sonidos y las aguas vibran en espumas al juntarse con la piedra, así las maldades entorpecen el deleite del buen ejemplo, al que tenemos derecho.
Aunque Pablo Neruda dejó claro que se podrían cortar todas las flores pero nadie tiene en sus manos la potestad de impedir la primavera, también es cierto que, según los años y los jardineros, los malos tratos dificultan el olor de las rosas y, sin las manos de las manos responsables, quedan los jazmines mutilados en la costumbre de su crecimiento.
Duele que las próximas generaciones reciban de nosotros más estiércol que trigos, más decepción que esperanzas… Si les dejamos violada la verdad, se llenará de barro la transparencia.