Al sultán de Marruecos deben estar inyectándole cortisona o algún que otro medicamento que le pone la cara redonda, como una luna amortajada. Aseguran que posee seiscientos coches y miles de sirvientes que se arrodillan en sus palacios cuando le ven venir desde lejos. Blindadas tienen las fronteras de sus territorios personales para que a nadie se le ocurra merodear por las cercanías a la espera de que se desprenda algún oro de sus incrustaciones en las puertas. Sin embargo, sus vasallos se ahogan en nuestras aguas por unas latas de sardinas o unos cuencos de sopa.
Para cualquier musulmán de bien, Alá no parece que en él esté bien representado: debe revisar el Corán y buscar a alguien más docto que se lo interprete debidamente.
Por el contrario, en el burgalés pueblo de Mazuelas, de 55 habitantes, han conseguido entre todos reunir veintitrés mil euros para que no se quede el templo sin el brillo de su retablo. Es el signo valioso de una fe que se entrelaza para que, comunitariamente, el resplandor que llevan dentro luzca también por fuera. Da gusto cuando se entiende la religión como el más fraterno compromiso.
Pedro Villarejo