Granada no solo enamora por sus monumentos. Tiene la mayor riqueza viva es su forma de hablar. Se trata de un universo único que mezcla la sabiduría del campo, la ironía del día a día y la historia latente de nuestra lengua. Un viaje en el tiempo entre las aceitunas del abuelo, los fuelles de la fragua y palabras que cautivan.
Curiosidades y raíces de una lengua viva. El habla de Granada está llena de matices, secretos y modismos cuya procedencia nos cuenta quiénes son y de dónde vienen los granadinos:
El castellano medieval sigue vigente: En los cortijos granadinos, el tiempo parece haberse detenido. Escuchar a un labriego decir traella (traerla) o dejalla (dejarla) no es hablar mal. Es utilizar el castellano antiguo, el mismo ritmo lingüístico que empleaba el mismísimo Mío Cid o Miguel de Cervantes.
Este habla se conservó de padres a hijos gracias a la tradición oral de los colonos castellanos viejos y leoneses que repoblaron el antiguo Reino de Granada, cuando el territorio quedó desierto, a partir del siglo XVI.
La dignidad del cumplimiento y la seriedad: Quien confunda el desparpajo con la falta de rigor se equivoca por completo en esta tierra. El granadino es, por encima de todo, serio, formal y sumamente cumplidor de sus obligaciones.
Se respeta profundamente a la persona «de fuste» (expresión de origen arquitectónico que alude al fuste de una columna: alguien con base, sólido, que no se tambalea). El paisano tiene a gala «cumplimentar» sus deberes con una rectitud estoica. Un pacto con un granadino, sellado con un apretón de manos, ha sido siempre más firme que cualquier escritura notarial, aun a costa de perder dinero.
El misterio del «¡Lavín!» y el «¡Cuchi!»: Otra palabra mágica para mostrar sorpresa es «¡Lavín!». Aunque hoy suena totalmente local, los lingüistas sostienen que proviene de comprimir a toda velocidad una antigua exclamación religiosa: «¡La Virgen!».
Si el asombro ocurre en mitad de la Alpujarra, es muy probable que escuches un enérgico «¡Cuchi!» (¡caramba!, ¡mira!). Esta palabra proviene de la antigua interjección castellana ¡Escucha!, que el habla rural acortó para llamar la atención con rapidez.
El reino del revés y los chaveas: Los granadinos tienen una capacidad única para cambiar el género de las cosas con afecto. Al igual que llaman hormigos a las hormigas grandes, es muy común escuchar «las calores» (en femenino) cuando aprieta el verano en la ciudad.
A los niños y adolescentes —y a veces, con cariñosa ironía, a los más mayores— se les llama «chaveas». Este término llegó a nuestro vocabulario siglos más tarde, a partir de la Edad Moderna, tomado del idioma caló (donde chavó significa hijo o muchacho).
La huella imborrable del pasado nazarí: Aunque tras las rebeliones del siglo XVI la población morisca fue expulsada y el territorio fue ocupado por repobladores del norte, gran parte del léxico agrícola de origen nazarí sobrevivió.
La razón fue puramente lógica: los nuevos habitantes castellano-leonesas tuvieron que aprender a cultivar en las laderas de las montañas usando las palabras de quienes mejor conocían la tierra.
Por eso hoy no se habla de cultivar en rampas, sino en «bancales» (parcelas escalonadas en las laderas), que se sostienen firmes gracias a los «balates»: majestuosos muros de contención hechos de piedra seca, sin cemento, que evitan que los cultivos se desmoronen montaña abajo.
Ese milagro de la ingeniería popular se riega gracias a las «acequias» y se almacena en la «alberca». Cuando la vida nos sonríe y todo encaja, el granadino dice que la situación «encarta», un bellísimo término medieval de labranza y reparto que significaba que las cartas o los vientos venían a favor.
La geografía del aislamiento: Es frecuente escuchar que alguien está «ennortao» o «apollardao» (perder el norte, estar empanado). El término apollardao proviene evolutivamente de «pollo» (en el sentido de cría, de animal tierno que se queda estupefacto ante el mundo).
Si además ese vecino es un poco tacaño, le llamarán «engurruñío», un vocablo que los colonos del norte trajeron del asturleonés (engurruñado), que describe a quien se «arruga» o encoge el puño para no gastar.
El peso del alma: Si el granadino siente un pellizco de preocupación o remordimiento, dice que tiene «regomello». Es una de las expresiones más hermosas de la provincia y proviene del latín regemere (gemir repetidamente), una joya medieval que el castellano estándar olvidó pero que Granada retuvo para describir el malestar de la conciencia.
El origen granadino de «¡Apaga y vámonos!»: Pocos saben que esta famosísima frase española nació en el corazón de la Alpujarra, concretamente en el pueblo de Pitres. En plena época de repoblación, dos clérigos compitieron por una plaza de capellán apostando quién decía la misa en el menor tiempo posible. El más joven, sabiendo que el sínodo valoraba la brevedad, subió al altar, miró al monaguillo y le dijo: «Ite, missa est. ¡Apaga y vámonos!». (La misa ha terminado, apaga y vámonos). La frase saltó a la historia de nuestro idioma para siempre.
El verdadero origen de la «malafollá». Mucha gente de fuera escucha este término y piensa inmediatamente en algo grosero. Pero la realidad es mucho más hermosa: la expresión nace en las antiguas herrerías del Albaicín y del Sacromonte.
En la fragua, el joven aprendiz tenía la tarea de usar el fuelle para avivar el fuego. A la acción de soplar con el fuelle se le llamaba follar (del latín follis, fuelle). Cuando el chico no soplaba con el ritmo adecuado, el fuego se apagaba y el maestro herrero le gritaba enfadado: «¡Niño, qué mala follá tienes!».
Con el tiempo, de la fragua pasamos a la calle para definir a quien tiene un aire seco o contesta de forma cortante, pero en el fondo, sin ninguna maldad. Una forma de ser tan propia que, cuando se junta mucha gente con ese carácter, se dice que hay una «pechá» de personas, modismo que proviene de «pecho», midiendo el volumen de las cosas por la cantidad de carga que un hombre puede empujar o abarcar con su propio cuerpo.
Podemos concluir afirmando que el lenguaje granadino es rico, tierno y sabio. Escuchar a su gente es pasear por una crónica viva que no se lee en los libros de texto, sino que se respira en las plazas, en los bares con una «pechá» de tapas y en los olivares milenarios de sus pueblos.
Doy fe de que así, ¡cuanto me costó entender a los granadinos de los pueblos con su a tan abierta y sus simplificaciones!
Doy fe de que así, ¡cuanto me costó entender a los granadinos de los pueblos con su a tan abierta y sus simplificaciones!
Los granadinos son los más más hablados de Andalucía. He estado muchas veces y tengo familia. tienen la palabra polla para todo, jajaja
Los que peor hablan son los de Motril. No se les entiende na