EL SEÑOR CURA

15 de noviembre de 2022
1 minuto de lectura
Queipo
Imágenes de la antigua de la tumba ya exhumada del militar golpista, Gonzalo Queipo de Llano y Sierra. | Fuente: María José López / Europa Press

«Como sigamos así, a la hora de nuestra muerte y ante la duda de dónde ser enterrados, tendrán que pedirle a nuestras familias un certificado de buena conducta»

Afortunadamente no viví la guerra del 36 por falta de tiempo (nací bastantes años después), aunque no he sido capaz de ignorar tanta tristeza, después de haber leído libros y más libros, escritos desde ojos diferentes y criterios sospechosos. Al fin, como suelo hacer con casi todo, me quedo en una equilibrada ponderación, porque es allí donde florece la verdad, con bastantes dificultades, por cierto.

Desde hace muchos años tomo café una vez a la semana con un cura amigo entre coincidencias y discrepancias. A sabiendas, nos provocamos mutuamente con la aguja de las ideas, sin que llegue la sangre al río, sacando a la luz temas de actualidad que suscitan aparatosos desencuentros. Sin más delaciones, esa mañana le acometí:

—Sabrá ya el señor cura que los huesos de Queipo de Llano salieron de la Macarena, de madrugada, con apenas el parpadeo de escogidas estrellas y el grito de una desaforada que pasaba por allí a esas horas, sacando a pasear los agravios que el general prodigó a sus abuelos.

El señor cura no me deja terminar la frase:

—Desde los primitivos egipcios los muertos fueron siempre sagrados. Como, visto lo visto, estos que gloriosamente nos gobiernan parecen poco instruidos, comenzaron a profanar tumbas en el Valle de los Caídos y concluirán cuando se les acabe el poder de decisión… Nadie tiene derecho a violentar la historia de esa manera y, mucho menos, con el silencio anuente de la Iglesia, que tiene algo que decir en estos traslados impropios de una civilización acostumbrada a la frase de Azaña: paz, perdón, piedad.

Para que al señor cura le tiemble en la mano su taza de café, insisto:

—Y usted, como parte más visible de la Iglesia, por qué no protesta ante tantos curas, monjas y laicos como mataron la progenie de estos que ahora desentierran. La Macarena ardió poco antes de iniciarse la guerra. Y tantos católicos y tantas iglesias, en aquella gloriosa república de augustas libertades.

El silencio del señor cura es pródigo en palabras calladas. Una lagrimilla le asoma para no ofender a la Iglesia que ama. Por eso intervengo con el último sorbo de café que oscurece mis labios:

—Como sigamos así, a la hora de nuestra muerte y ante la duda de dónde ser enterrados, tendrán que pedirle a nuestras familias un certificado de buena conducta.

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

Muere a los 71 años Lindsey Graham, ‘halcón’ republicano y uno de los grandes aliados de Donald Trump

El senador republicano por Carolina del Sur Lindsey Graham, uno de los aliados más férreos del presidente Donald Trump, ha…

Ascienden a más de 4.000 los fallecidos por el doble terremoto en Venezuela

En estos momentos se encuentran desplegados 3.454 rescatistas internacionales y 30.076 efectivos movilizados Las autoridades venezolanas han elevado a más…

Un avión de Flamingo Air se estrella en Bahamas con siete personas a bordo y deja víctimas mortales

Las autoridades investigan las causas del siniestro mientras suspenden temporalmente las operaciones de la aerolínea Un trágico accidente aéreo ha…

El alcalde de Bédar relata el drama del incendio en Almería: «Fuimos puerta por puerta y algunos se negaron a abandonar sus casas»

Mientras prosiguen las labores de búsqueda y recuperación de las víctimas, las autoridades insisten en la importancia de seguir las…