El Mundial que unió de nuevo a España y México

21 de julio de 2026
3 minutos de lectura
El Rey Felipe VI y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en el Palacio Nacional de México | EP

La visita del monarca español a territorio mexicano se transformó en un reencuentro cálido y respetuoso que evidenció la madurez de ambas partes

El fútbol posee una virtuosidad intrínseca que la rigidez de la ideología rara vez comprende: su capacidad para funcionar como el escenario idóneo de la diplomacia informal, tejiendo puentes donde la política sectaria insiste en levantar muros. 

La recién terminada Copa del Mundo de 2026 no sólo consagró a la selección española en la cima del balompié global, sino que sirvió como el telón de fondo perfecto para sepultar, de manera definitiva, el absurdo e infundado distanciamiento diplomático que el expresidente Andrés Manuel López Obrador forzó entre México y España durante su sexenio. Aquella retórica de confrontación y exigencias anacrónicas de disculpas por el pasado colonial, que en su momento enfrió los lazos históricos y culturales entre dos naciones entrañables, terminó por desvanecerse bajo la luz del pragmatismo y la camaradería que sólo un evento ecuménico de esta magnitud puede propiciar.

El deshielo comenzó con gestos de alta política y cortesía internacional que rebasaron los dogmas del pasado. Un punto de inflexión fundamental ocurrió durante la fase de grupos del campeonato, cuando el rey Felipe VI viajó a México para presenciar el trascendental partido de la escuadra ibérica contra Uruguay en la sede de Guadalajara. Lejos de la hostilidad institucional de los años previos, la visita del monarca español a territorio mexicano se transformó en un reencuentro cálido y respetuoso que evidenció la madurez de ambas partes. 

El paso de la comitiva real por tierras jaliscienses significó un recordatorio contundente de que los lazos de afinidad mutua, el comercio, el turismo y el afecto entre los pueblos son infinitamente más poderosos y duraderos que los desencuentros coyunturales auspiciados desde los micrófonos matutinos de Palacio Nacional, más aún que la obsesión de reabrir una herida por cosas sucedidas hace cinco siglos, cuando ni España ni México existían como tales.

La escenificación definitiva de la reconciliación y el retorno a la sensatez bilateral tuvo lugar en la gran final disputada en el estadio de Nueva Jersey. En el palco de honor del recinto, coincidiendo con la coronación de España como la mejor selección del planeta, se dio un encuentro de enorme peso simbólico. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum entabló una conversación fluida, cercana y afable con el monarca Felipe VI y la reina Letizia. En ese espacio común, las tensiones creadas el sexenio pasado quedaron olvidadas, sustituidas por un diálogo maduro y constructivo acorde a la investidura de los jefes de Estado modernos que comprenden la geopolítica global del siglo XXI. 

La imagen que coronó el fin de la discordia fue la de la propia mandataria mexicana saludando de manera sonriente y afectuosa a los futbolistas de la selección española al término del encuentro. Lejos de la retórica del agravio, la sonrisa de Sheinbaum representó el sentir genuino de la mayoría de los mexicanos, un pueblo hospitalario que sabe celebrar el triunfo ajeno, en especial cuando proviene de una nación con la que comparte lengua, sangre, historia y un futuro estratégico indispensable.

A nadie debe extrañar la gran cantidad personas que salieron a las calles a festejar el triunfo español. Sí, muchos españoles viven en México, y muchos mexicanos tienen abuelos españoles, y seguramente unos y otros estuvieron entre quienes hicieron visible su júbilo por el triunfo del domingo. Pero también se vivió una genuina alegría general por el buen futbol que practicó La Roja y se contagió la caballerosidad que ha imbuido el entrenador Luis de la Fuente en sus jugadores, así como entre la afición. 

El futbol, al final del día, operó como un bálsamo de cordialidad entre dos países que hace 190 años suscribieron un tratado de amistad, en el que se reconocieron mutuamente como Estados y decidieron dejar en el pasado cualquier agravio. 

La Copa del Mundo no sólo devolvió a España la gloria deportiva, sino que le devolvió a la relación bilateral con México la dignidad y la normalidad institucional que nunca debieron perderse, demostrando que el sentido común siempre termina imponiéndose sobre los caprichos ideológicos transitorios.

*Por su interés reproducimos este artículo de Pascal Beltrán del Río publicado en Excelsior.

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