España, «la nación más inteligente»; Italia, «el caos adorable»; Francia, «elegancia que huele a rancio», y México, «espejo roto del hijo hispano»

19 de julio de 2026
5 minutos de lectura
Acto hispanista
Acto hispanista.

Dedicado a los hermanos argentinos, con el ruego de que nos
perdonen por ‘ganarles’ el campeonato mundial de fútbol

En vísperas de la final del Mundial de Fútbol 2026, celebramos no solo el
deporte, sino también datos sorprendentes que nos llenan de orgullo, pues
según la World Population Review y Trading Platform -2025-, «España es el país más inteligente de Europa».

Este artículo es un homenaje a esa realidad, a nuestras amistades, a nuestras rivalidades y a la paradoja que define a los españoles.

La paradoja española

España es ese país que se levanta cada mañana mirándose al espejo
con cara de pocos amigos. Es decir, somos los campeones mundiales de
la autoflagelación, y eso que según el Índice de Reputación del Real
Instituto Elcano, España tiene una imagen exterior sobresaliente pero
una autoestima interna por los suelos.

Mientras fuera nos ven como una potencia en calidad de vida, nosotros nos empeñamos en creer que somos el «desastre de Europa». Esa es la paradoja española: el único país que se avergüenza de sus éxitos mientras el mundo hace cola para copiarlos.

Nuestros amigos del Mediterráneo

En nuestro primer círculo de confianza, de amistad, está Portugal. Es
nuestro cable a tierra en una península que, sin ellos, saldría volando. Durante décadas vivimos de espaldas a la «Raya», pero hoy sabemos que Portugal es nuestra reserva espiritual de sensatez.

Portugal es el vecino que no grita, el aliado silencioso que nos enseña
que se puede ser moderno sin perder el alma. Su cercanía es el recordatorio
de que no estamos solos en esta esquina del mapa, mostrándonos el sentido
común que a nosotros nos falta.

Luego está Italia, el primo guapo que siempre nos roba el foco.

La relación con los italianos es de afecto y de competición de sangre: nos amamos y reconocemos porque somos iguales, pero nos pica que ellos sepan vender un vulgar botijo como si fuera una joya del Renacimiento.

El agudo escritor y periodista satírico italiano Leo Longanesi escribió:
«Gli italiani sono spagnoli con l’aggiunta del senso dell’arte; gli spagnoli sono italiani con l’aggiunta del senso guerriero» («Los italianos son españoles con el sentido del arte; los españoles son italianos con el sentido del guerrero).

En Italia, el caos adorable

Tienen ese caos adorable, esa pasión que te desborda y un idioma que parece que te están cantando una serenata aunque te estén mandando a paseo.

Son nuestros aliados naturales en el Club del Mediterráneo, esos con
los que nos iríamos de fiesta sabiendo que, al final de la noche, acabaríamos arreglando el mundo entre risas y aspavientos.

No es casualidad que Italia encabezara los rankings de popularidad
entre los países europeos, como en su día publicó Selecciones del Reader’s
Digest
; son el aspiracional máximo del «buen vivir».

Nosotros les seguimos de cerca, pero con una diferencia: ellos están orgullosos de sus defectos, y nosotros nos avergonzamos de nuestras virtudes.

Argentina, un vínculo de vida y de fútbol

Si vamos a hablar de amigos de verdad, hay que ponerse de pie
con Argentina. En 1948, cuando el mundo nos condenaba al aislamiento y el hambre mordía de verdad, Argentina nos salvó la vida. Nos concedieron un crédito de 350 millones de pesos para enviar alimentos.

Los barcos argentinos trajeron 400.000 toneladas de trigo, carne congelada y legumbres (las famosas «peronas») que evitaron una tragedia humana.

Y por si fuera poco, en 1953, Argentina nos envió a don Alfredo Di
Stéfano, la Saeta Rubia«
, el hombre que no solo cambió la historia del
fútbol, sino que nos dio una lección de ambición y éxito cuando España
más necesitaba creer en algo grande.

Por todo lo anterior, a nuestros queridos amigos argentinos les dedico
este artículo, con el ruego de que nos perdonen por ganarles el campeonato
del mundo 2026, como será inevitable.

México, el espejo roto

Luego está México, el espejo roto. Muchos dicen que somos iguales, y
ahí empieza la pelea más vieja del mundo. Es el orgullo azteca chocando con la cabezonería ibérica, un cordón umbilical que nadie ha podido cortar en cinco siglos.

Decir que somos «lo mismo» es el insulto más cariñoso del mundo;
compartimos la lengua para mandarnos a paseo con una elegancia que nadie más posee.

Los otros: Francia e Inglaterra

Y luego están Los Otros: esas naciones del norte que nos miran raro
y con desconsuelo, porque no entienden cómo con nuestro caos y nuestro
pésimo sistema educativo, les ganamos en felicidad y, encima, ahora
también en neuronas, es decir, en inteligencia.

Cito a dos: Francia, o la elegancia del que huele a rancio. Se trata de ese primo rico que no deja de recordarte que fue a la mejor universidad. Sí, tienen un queso excelente.

Pero su arrogancia es el mejor repelente de amistades, y te miran por encima del hombro si no pronuncias la «r» como si tuvieras una piedra en la garganta. Se los respeta, pero nadie quiere ser ellos. Ser francés es vivir en un país precioso, habitado por gente en una huelga permanente de
simpatía.

Inglaterra, la isla de la lluvia que se salió de la fiesta (Brexit) y ahora
nos mira con nostalgia de imperio, y también con envidia.

Tienen el dinero, pero nosotros tenemos la luz. Nadie sueña con despertarse bajo su cielo color cemento; todos los ingleses, en el fondo, sueñan con una terraza en el Mediterráneo.

España, inteligencia y misterio

Pero lo más increíble de todo es el gran misterio español: a pesar de
tener un sistema educativo que parece diseñado por nuestro peor
enemigo como atestiguan los informes PISA, que lo califican de mediocre y cambiante, España ha dado la campanada intelectual.

Según datos de World Population Review y Trading Platforms (2025),
España se ha coronado como el país más inteligente de Europa, con el C.I.
más alto.

Es la victoria de la pillería y la inteligencia fluida: somos ese alumno que no estudia, pero que saca un sobresaliente por pura rapidez mental.

Y ahora vamos con los datos que entierran nuestra autoflagelación con
nuestra generosidad. España es líder mundial indiscutible en donación y
trasplantes de órganos desde hace más de 30 años consecutivos.

Según la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), nuestra tasa
de donantes por millón de población dobla a la media de la Unión Europea y supera con creces a la de EE. UU.

Además, somos una potencia tecnológica que ignoramos: tenemos
la segunda red de Alta Velocidad (AVE) más extensa del mundo, superando
a potencias como Francia, Alemania o Japón, a pesar del lamentable deterioro por el descuido gubernamental de los últimos años.

Y es que, España es un país que funciona por intuición, por pura inercia
de su genio interno.

Somos una nación brillante, a pesar de nuestros propios gobernantes, y con una «materia prima humana” que, si se quisiera un poco más a sí misma, sería sencillamente imparable. Descubrió y civilizó América y creó el mayor imperio de la historia.

Vivimos en el paraíso, pero estamos demasiado ocupados quejándonos del ruido como para darnos cuenta.

José-Carlos Maldonado, profesor

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