El encanto de Gerardo Diego

6 de julio de 2023
1 minuto de lectura
Escultura del poeta Gerardo Diego en Soria, España. | Fuente: Wikimedia Commons

Cada día que pasa me gustan más los místicos, los licores rojos en las botellas claras, las frutas tropicales, las pizzas que tienen de todo y no saben a nada, las aves del paraíso sin cielo concreto todavía, el mar tan distinto cuando no sabe que lo miran…

Cada día que pasa es más claro mi convencimiento de que la libertad, la mía y la de los demás, está más desorientada, ya que nos la manipulan voluntades engañosas y no nos queda otro remedio que aprender a esquivar la mano de los que quieren hacernos prisioneros sin que nos demos cuenta.

Yo no tengo el menor inconveniente en proclamar a los cuatro vientos que mi orientación existencial se basa en el seguimiento de Jesucristo, cuya doctrina está universalmente reconocida como llena de luz y comprometida con el ser humano, sin necesidad de camuflarse en ropajes artificiosos.

Todos tenemos derecho a expresar aquello de lo que estamos persuadidos, alertándonos de que no sea fruto de lavados de cerebro, ni de propagandas bruñidas en hechos que nunca fueron verdad y algunos, demasiados, se han creído.

El abuelo de León Tolstoi era muy rico y le gustaba pasarse las horas contando sus dineros. Incluso cuando llegó a viejo y ya había perdido la vista y algo de tacto. Su criado, entonces, conocedor de sus limitaciones, le cambió los billetes por papeles y terminó sus días en la ruina después de confiar muchos años en aquel que le cuidaba… Por los frutos nos conoceremos. Y ya es inútil decir que el cielo está azul porque lo pintan de azul los marineros. O que no dan peras los olmos porque hombres malos de otro tiempo hicieron injertos en las ramas.

A uno de los poetas que me hubiese gustado conocer es a Gerardo Diego. Todavía vive el ciprés de Silos a quien él llamó enhiesto surtidor de sombra y sueño.

La familia de Gerardo Diego tenía una pequeña mercería en Santander en la que vendía botones de nácar para abrochar camisas. Y encajes de bolillo. La tienda se llamaba ‘El Encanto’. Encantadas salían de allí las amas de casa por haber encontrado lo que buscaban. Pero tengamos en cuenta que, en nuestro mundo y en nuestro tiempo, abunda menos la gente encantadora que los encantadores de serpientes que pretenden vendernos botones para otros ojales y encajes de bolillo de hilos desprendidos.

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