El caso del aljibe de Albatera: la muerte sin resolver de David, de 3 años

15 de febrero de 2026
3 minutos de lectura
Un aljibe tradicional como el que marcó el caso de Albatera en 1986. / Imagen creada con IA

El pequeño David desapareció camino de la guardería. Tres días después apareció muerto en el aljibe de su propia casa. El misterio nunca se resolvió

Albatera amaneció el 12 de febrero de 1986 con la rutina habitual de un pequeño pueblo de Alicante. David Martínez Berna tenía tres años. Aquella mañana, su madre lo llevó a casa de sus padres para que, como siempre, su abuela se encargara de llevarlo a la guardería.

El pequeño sonreía mientras recorría el pasillo, ajeno a que aquel día no se parecería a ninguno.

La abuela salió unos minutos a comprar pan. A las diez de la mañana, la preocupación empezó a crecer. Preguntó a los vecinos y entonces lo oyó: habían visto a María con su sobrino David. La noticia cayó como un golpe seco.

La abuela salió casi corriendo hacia la Policía Municipal.

Sabía que su hija, de 22 años, tenía problemas mentales. Otras veces se había marchado sola de casa y regresaba al cabo de unas horas.

Pero aquella mañana todo era distinto.

Durante los tres días siguientes, la Vega Baja del Segura se llenó de tensión y miedo. Guardia Civil, Policía Local y vecinos caminaban rápido por los caminos, miraban los barrancos, peinaban acequias, gritaban sus nombres. Nadie contestaba.

Cada sendero revisado parecía más vacío que el anterior.

La casa se volvió un lugar silencioso, tenso, casi irrespirable.

El reloj avanzaba demasiado lento.

El domingo al mediodía, María apareció sola. Un agricultor la vio en la falda de una montaña, a seis kilómetros del pueblo, y la acercó en coche. Llegó desorientada, con hambre y dolor de cabeza.

Cuando le preguntaban por su sobrino David, repetía palabras sueltas: “rambla… cañas… barranco… agua… barro…”.

Intentaba recordar, pero no podía. Los recuerdos se le escapaban. Solo mencionaba un barranco.

El lunes 17 la trasladaron al Hospital Psiquiátrico de Alicante.

La búsqueda del pequeño David no se detuvo. Casi doscientas personas siguieron rastreando la comarca. Pasos, voces, tierra removida. Cada mirada buscaba a un niño que nadie podía ver. Incluso un pastor en La Murada, a varios kilómetros de Albatera, dijo haber visto días antes a María con un niño.

Cada pista abría una breve esperanza que se cerraba enseguida.

El martes y el miércoles la angustia se volvió insoportable: cansancio, rabia, miedo.

Se cortaron 25 kilómetros del canal del trasvase Tajo-Segura.

Agentes y voluntarios recorrieron el agua metro a metro.

Pero no había nada. Nada.

Hasta la noche del miércoles 19 de febrero.

A las 22:30 horas llegó la noticia.

El pequeño David estaba muerto.

Su cuerpo apareció en el aljibe de la casa.

La vivienda la compartían los abuelos y los tíos maternos del niño: María, con antecedentes mentales, y José Carmelo Berna, soltero.

Fue Carmelo, ese miércoles, quien pidió ayuda a la Policía para vaciar el agua del pozo.

El brocal era alto. La tapa era pesada. Dura.
Un niño de tres años no podía abrirla. Tampoco cerrarla después.

Alguien tuvo que levantarla.
Alguien tuvo que accionar el pestillo.

El cuerpo del pequeño llevaba allí siete u ocho días.

La Guardia Civil retuvo al tío durante unas horas. Luego lo dejó marchar. Sin cargos. Sin explicación.

En el pueblo comenzaron los murmullos. Los vecinos decían que Carmelo había asegurado que la búsqueda de su sobrino terminaría ese miércoles. Que el niño aparecería.

También recordaban episodios antiguos y extraños: cintas con lamentos, altavoces, comportamientos que nadie sabía explicar.

Años atrás, Carmelo había grabado a su abuela agonizando y había difundido aquellos sonidos por el pueblo, hasta que la Guardia Civil lo localizó.

Los supuestos testigos que afirmaban haber visto a tía y sobrino resultaron estar confundidos. Sombras. Recuerdos mezclados.

Tal vez María se había marchado sola. Tal vez huyó asustada tras ver el horror.

María seguía ingresada en el sanatorio de la Santa Faz, en Alicante. A veces decía que no recordaba nada. Otras, que su sobrino se le había caído al aljibe mientras jugaban.

Pero el pozo permanecía siempre cerrado para evitar accidentes.

David no podía abrirlo.
David no podía caer solo.
David no podía cerrar la tapa después.

Y, sin embargo, apareció dentro.

Y así quedó todo. Un niño. Un aljibe cerrado. Una tía confusa. Un tío pidiendo vaciar el pozo. Una casa llena de silencios.
Una familia rota. Un pueblo entero mirando el mismo pozo, esperando una respuesta que nunca llegó.

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