Telecinco y el precio del alma

8 de febrero de 2026
3 minutos de lectura
Plató de televisión. | Imagen creada con IA

Mientras se siga confundiendo periodismo con espectáculo, información con morbo y entrevistas con contratos, la ética periodística seguirá siendo un decorado más

Han pasado más de dos años desde que Daniel Sancho matara y descuartizara en Tailandia al cirujano colombiano Edwin Arrieta. Desde entonces su padre Rodolfo, los abogados y la familia de la víctima han hablado en documentales y platós. su voz seguía pendiente. Su madre, Silvia Bronchalo, se ha mantenido en silencio hasta que apareció Telecinco.

La madre de Daniel Sancho no lloró en televisión. Fue clara. Contó que necesitaba el dinero y aceptó la oferta. Eso debería bastar para que una cadena apagase las cámaras. En cambio, cuando un gran medio escucha “necesito dinero” aunque tenga que tragarse sus propios principios y abre la cartera, deja de informar y empieza a comerciar con la necesidad.

No hablo solo de una entrevista. Hablo de un modelo repetitivo: comprar la vulnerabilidad y planificar el drama para explotarlo en horario de máxima audiencia. Lo que se ve no es solo una mujer contando su historia; es una empresa pagando para blanquear un relato que, por desgracia, cotiza muy alto. Y eso no es periodismo: es subasta del sufrimiento.

Telecinco no la invitó por humanidad. La invitó porque su declaración —“necesito el dinero para mi hijo”, aunque tenga que tragarse sus principios — es oro en prime time: genera minutos, tertulias, clics y anuncios. La cadena sabe que una confesión impactante, un primer plano, una lágrima —auténtica o no— disparan el share. Y con él, la pasta.

Pongámonos serios: la vulnerabilidad no es espectáculo. Que alguien acepte hablar por dinero es una triste realidad. Que una cadena lo pague y lo programe en su parrilla es una decisión empresarial. Deliberada. Aquí no manda el interés público. Manda el negocio. Y ahí empieza la vergüenza.

Mediaset sabe lo que hace. No es la primera vez. Ya ocurrió en 2011 con La Noria y la madre de ‘El Cuco’. Hubo boicot a la cadena, huida en estampida de anunciantes, cierre del programa y falsas promesas de no volver a repetirlo. No aprendieron la lección. Solo aprendieron a maquillarlo mejor. A calibrar el horario del horror sin renunciar a él.

Sin embargo, el precedente más humillante de todos sigue siendo Alcásser. La asignatura pendiente que nadie quiere aprobar.

Allí se vio hasta qué punto la prensa puede jugar a ser juez y verdugo. Aquello no fue solo un crimen. Fue un festín mediático. Un circo de teorías disparatadas, cámaras invadiendo el duelo, familias rotas convertidas en contenido y una sociedad entera mirando como si fuera una serie. La televisión carroñera en estado puro. Alcásser enseñó cómo se tritura la verdad y cómo el dolor humano se usa como gasolina.

Lo más nauseabundo es la doble vara. Algunos casos se exprimen hasta la última gota porque venden; otros se convierten en tabú y se entierran porque ponen en jaque intereses, reputaciones, o simplemente porque incomoda reconocer que se estuvo comiendo de la mano del morbo. Sea cual sea el motivo, la elección no es moral. Es económica. Se decide qué dolor interesa y cuánto dura.

Telecinco es una empresa que comercia con emociones fuertes. Y la noche del viernes se confirmó que, en televisión, las barreras éticas son de papel: se doblan cuando conviene y se rompen cuando aprietan las audiencias… excepto Alcásser.

No juzgo a quien acepta sentarse en un plató a contar su historia. Juzgo a quien pone el cheque sobre la mesa. A los directivos y productores que saben exactamente lo que están comprando. Si un testimonio solo aporta morbo, no debería emitirse.

Pero seguimos viendo lo mismo: tragedias humanas convertidas en espectáculo, familiares interpretando papeles y el horror envuelto en música de fondo.

La televisión no muestra lo que pasa: crea el hambre que después vende como alimento. Y los espectadores miran, comentan, comparten y alimentan la máquina que luego dicen detestar.

Mientras se siga confundiendo periodismo con espectáculo, información con morbo y entrevistas con contratos, la ética periodística seguirá siendo un decorado más.

Telecinco no ha dado voz. La ha puesto precio. Y cuando el dolor se subasta en prime time, la televisión deja de ser un medio y pasa a ser un mercadillo de almas rotas. Cuanto más atroz, más rentable.

Y ahí, sinceramente, yo no compro nada.

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