¿Dónde se graduó de juez? (Parte II): La proyección de la indigencia intelectual

12 de febrero de 2026
3 minutos de lectura
La justicia cotidiana
Figura en representación de la justicia.

«No hay nada más terrible que la ignorancia activa.» – Johann Wolfgang von Goethe

En el teatro del proceso, lo que debería ser un refinado ejercicio de sapiencia jurídica se transmuta, por obra de la incompetencia, en una exhibición de brutalidad intelectual. Resulta evidente que quien dirige la causa no ha sido ungido por el mérito ni por el estudio científico del derecho, sino que ha aterrizado en el estrado por una carambola del destino o el favor político. Esta indigencia de conocimientos convierte el debate en un acto de fuerza bruta, donde la ignorancia, al verse acorralada por la técnica de las partes, reacciona con la violencia de quien carece de recursos dialécticos, evidenciando que su presencia en la judicatura es una usurpación profesional que ofende la majestad de la ley.

En un ejercicio de cinismo jurídico sin precedentes, quien ostenta la dirección del debate recurre a una burda maniobra de proyección psicológica para encubrir su propia vacuidad. Consciente de su nulidad intelectual y de que su actuación en el estrado delata su falta de base científica, el juzgador intenta transferir sus propias taras al profesional del derecho que tiene enfrente. De este modo, la brutalidad intelectual y la ignorancia supina que emanan del estrado son imputadas, con una audacia pasmosa, a la defensa técnica, pretendiendo hacer creer que es el abogado quien carece de las luces que, en realidad, le faltan al propio tribunal. Esta estrategia busca invalidar cualquier argumento sólido que ponga en relieve la incapacidad magistrática, convirtiendo el juicio en un espejo deformante donde el bruto proyecta su imagen en el inocente.

Esta «guapería judicial» es la manifestación de un matonismo donde la autoridad se usa como un garrote. Existe un perfil de quien juzga con actitud malcriada y vulgar, convirtiendo el proceso en un escenario de hostigamiento sistemático contra la defensa técnica. Aquí se aplica de manera perversa el condicionamiento operante de Skinner: a través de castigos verbales, humillaciones e interrupciones constantes, se busca anular la conducta del abogado. El objetivo es mutilar los ímpetus de la defensa mediante el refuerzo negativo, desarmar anímicamente al profesional y provocar el olvido de argumentos cruciales mediante una presión psicológica insoportable que raya en la tortura procesal y física, violentando la integridad humana para quebrar la voluntad del defensor.

En el terreno de la administración de justicia, allí donde el ciudadano busca el amparo, surge una interrogante lacerante: ¿donde se graduó quien hoy ostenta tal autoridad? Esta pregunta nace del desconcierto absoluto que producen las decisiones que son sombras espesas. El ejercicio de la judicatura exige una preparación académica y moral que trasciende el título universitario. Sin embargo, nos encontramos con quienes ocupan un estandarte judicial sin poseer las credenciales mínimas, o peor aún, con credenciales de dudosa procedencia. Cuando no existe una explicación técnica para la permanencia de un juez en su cargo, la mirada de la sociedad se posa sobre motivaciones menos nobles: el intercambio de favores de baja ralea, el dinero o la influencia de sustancias prohibidas; elementos oscuros que parecen ser el único asidero de quienes dictan sentencias sin fundamento.

Es alarmante observar cómo ciertos fallos se transforman en un verdadero galimatías, una ensalada de conceptos mal digeridos que desafían cualquier lógica y sentido de ilogicidad. La falta de coherencia en la motivación de una sentencia es una afrenta directa. Quien juzga debe saber que su pluma tiene el peso de la libertad ajena. No obstante, abundan los casos donde la contradicción y la ilogicidad manifiesta son la norma, fundamentando decisiones en pruebas obtenidas de manera ilegal, viciadas de origen, o incorporadas con una violación flagrante de los principios del proceso.

En estos escenarios de sombras, el fiel de la balanza se inclina impúdicamente hacia una de las partes. Quien juzga deja ver las costuras de su compromiso con intereses ajenos al expediente. El ataque sistemático contra la defensa busca alterar los nervios del profesional para fabricar un pretexto que permita imponer una sanción. Es una emboscada planificada que busca forzar el retiro de aquellos defensores cuya educación y ética les impide rebajarse al nivel de los insultos y agresiones lanzadas desde el estrado. Este quebrantamiento de las formas hiere de muerte la tutela judicial efectiva e ignora principios sagrados como la inmediación y la concentración del juicio. La respuesta está en la lealtad ciega a la bajeza y en la falta de títulos reales.

Platón sostenía que el alma humana, agregada al cuerpo, se asemeja a una nave en alta mar. En esta embarcación, el intelecto es el timón que debe marcar el rumbo, la voluntad es el combustible y la fuerza que impulsa las velas, y la estructura misma de la nave es nuestra naturaleza moral. Si el combustible de la pasión se vuelve impuro o si el timón del intelecto se quiebra, la nave no puede dirigirse hacia la consecución de cosas buenas y útiles, quedando a la deriva en las aguas turbulentas de la irracionalidad. Cuando quien juzga permite que su timón sea gobernado por la ruindad, naufraga la justicia y con ella, la sociedad entera.

«Quien no sabe gobernarse a sí mismo, ¿cómo sabrá gobernar a los demás?»

Sócrates

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

Nota técnica: «El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente.»

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