La asfixia del ciudadano en el laberinto administrativo

11 de febrero de 2026
4 minutos de lectura

El colapso del servicio público y la quiebra de la celeridad

«La burocracia es la cadena con la que el Estado inmoviliza el progreso de los ciudadanos, disfrazando la ineficiencia de procedimiento legal.» Doctor Crisanto Gregorio León

El muro de la administración frente al administrado

La realidad fáctica que afronta el administrado en la España de 2026 ha dejado de ser una relación de servicio para convertirse en una carrera de obstáculos insalvables que agotan la paciencia y el patrimonio del ciudadano. Nos encontramos ante una estructura pública que, lejos de facilitar el ejercicio de los derechos fundamentales, parece diseñada para desalentar cualquier iniciativa privada mediante la imposición de trámites redundantes y barreras digitales que resultan, en la práctica, infranqueables. Como estudiosos del derecho, debemos denunciar que el principio de buena fe administrativa ha sido sustituido por una desconfianza sistemática hacia el individuo, a quien se le exige una carga documental excesiva mientras el Estado se permite la licencia de la lentitud y el silencio impune. Esta desconexión entre las necesidades reales de la sociedad civil y la respuesta de las instituciones no es un fallo técnico menor, sino una patología institucional que erosiona la confianza en el sistema y condena al justiciable a una situación de indefensión permanente ante una maquinaria que no escucha, que no razona y que rara vez resuelve en los tiempos que la justicia material demanda.

La falacia de la digitalización y la exclusión del rostro humano

Se ha pretendido vender la transformación tecnológica como el bálsamo definitivo para los males de la burocracia, pero la praxis diaria revela una deshumanización del servicio público que castiga con especial crueldad a los sectores más vulnerables de la población. La desaparición de la atención presencial y la imposición de plataformas informáticas, a menudo defectuosas o ininteligibles, han creado una brecha de exclusión para quienes no dominan las herramientas de última generación. Como docentes universitarios, advertimos que la modernización no puede ser jamás la coartada para que la administración eluda su responsabilidad ética de atender personalmente a la persona. El derecho a una buena administración, consagrado en nuestra arquitectura jurídica superior, se vulnera flagrantemente cada vez que un ciudadano se ve obligado a interactuar con un algoritmo ciego o a esperar meses por una cita previa que el sistema deniega de forma automatizada. La tecnología debe ser un puente de comunicación, no un foso medieval que aísle a los gobernantes de los gobernados; es imperativo recuperar la dignidad del trato directo para garantizar que el Estado siga siendo una entidad al servicio del ser humano.

El costo invisible de la desidia institucional

La ineficacia de los procesos administrativos no solo genera una frustración personal profunda, sino que supone un lastre económico y social de dimensiones incalculables para el desarrollo de la nación. Cada permiso demorado sin justificación técnica, cada licencia bloqueada por la inacción de un despacho y cada solicitud de ayuda extraviada en el limbo de los archivos digitales representan una pérdida neta de riqueza y una vulneración del dinamismo social. Desde la cátedra, sostenemos que la celeridad no es un lujo ni una cortesía, sino un deber de la administración que afecta directamente a la seguridad jurídica y a la paz civil. Cuando el Estado no cumple sus propios plazos legales, está enviando un mensaje de impunidad que desmoraliza al emprendedor y asfixia a las familias. El rigor del derecho debe servir para fiscalizar esta inacción pública, exigiendo responsabilidades patrimoniales por el lucro cesante y el daño moral que la pereza burocrática causa a quienes, con sus tributos, sostienen el andamiaje del sistema. Una administración que no es ágil es, por definición, una administración injusta.

La opacidad del silencio como herramienta de arbitrariedad

El uso abusivo y estratégico del silencio administrativo negativo constituye una de las mayores ofensas al Estado de Derecho en la actualidad. Resulta éticamente inaceptable y jurídicamente aberrante que la falta de respuesta de la administración se convierta en una resolución desestimatoria automática, obligando al ciudadano a peregrinar por los tribunales para obtener una contestación que debió ser entregada de oficio. Como juristas comprometidos con la verdad, denunciamos que esta práctica incentiva la negligencia institucional y traslada la carga del trabajo a unos juzgados contenciosos ya de por sí saturados y exhaustos. La transparencia no puede quedar reducida a un eslogan de campaña política; debe ser una realidad palpable donde cada acto administrativo esté debidamente motivado y cada ciudadano reciba una explicación clara y coherente sobre su situación jurídica. La majestad de la ley exige que el Estado sea el primero en dar ejemplo de cumplimiento normativo, desterrando esa cultura del hermetismo que protege al funcionario indolente y desampara al administrado que solo reclama lo que en derecho le pertenece.

Hacia una regeneración del compromiso con la excelencia pública

El futuro de nuestra convivencia y de la prosperidad nacional depende de una reforma profunda, valiente y sincera de la función pública, que sitúe nuevamente a la persona en el centro de toda actuación estatal. La palabra del Profesor Universitario debe servir de acicate para desterrar el partidismo de la gestión administrativa y promover una cultura de la eficiencia basada estrictamente en el mérito, la capacidad y la responsabilidad personal del servidor público. Debemos formar a las nuevas promociones de gestores en la convicción de que su labor es esencial para la salud democrática y que cada expediente resuelto con rigor es una oportunidad para fortalecer el contrato social. La seguridad jurídica administrativa debe ser el baluarte que proteja al individuo frente al abuso de poder o la simple indiferencia burocrática. Solo recuperando la mística del servicio y aplicando con severidad los principios de sencillez y agilidad, podremos asegurar que la administración vuelva a ser el motor de progreso que la sociedad civil demanda, garantizando que la ley sea siempre un instrumento de libertad y nunca una soga de procedimientos estériles.

«La justicia no es un ideal abstracto, es un acto de servicio que la administración debe cumplir con prontitud y respeto a la dignidad ciudadana.» Doctor Crisanto Gregorio León

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

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