Cristo resucita en las miradas

5 de abril de 2026
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EL ENCUENTRO

El glorioso año de 1567, Juan de la Cruz (aún de Santo Matía), tras sus estudios en Salamanca, llega a Medina del Campo para celebrar su primera misa. Allí, Teresa de Jesús, acaba de fundar su segundo monasterio de carmelitas descalzas. La Madre llama a fray Juan al locutorio, se encuentran por primera vez, se miran desde la luz de Cristo Resucitado, dialogan y aguardan juntos los designios de Dios sobre los proyectos que la Madre acaba de presentarle al tener licencia para fundar también conventos de varones carmelitas reformados.

Ella ya es maestra de oración: “No os pido más que le miréis”, orienta a sus monjas en relación a Dios; “La oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho” porque, “no es otra cosa oración que estar hablando a solas, muchas veces, con quien sabemos nos ama”… tan desinteresadamente. Con semejante novedad que aporta la Madre Teresa, se estrenan en el convento los delirios.

Fray Juan de Santo Matía, todavía carmelita calzado, llega a Medina del Campo para sostener la patena y el cáliz con los que tanto ha soñado. En Salamanca, donde estudió, aseguran sus compañeros que se pasaba las noches desde su ventanuco orando frente al Sagrario. Una vez cumplida su misión oficial de estudiante ha decidido ser cartujo para mayor abandono y silencio, para más intensa intimidad recreativa en Aquel con quien ya hablado y sentido muchas noches anhelantes de presencia: “Oh noche amable / más que la alborada / Oh noche que juntaste Amado con amada / amada en el Amado transformada”.

La santa, feliz de haber fundado monasterio en Medina, le llama porque ha oído hablar muy bien del carmelita. Teresa de Jesús tiene 52 años, fray Juan 25.

LA PRISA

En Medina del Campo vive la madre de fray Juan, su hermano Francisco con su esposa Ana y sus hijos, pero él ha decidido optar por la vida retirada, esa, que en fray Luis de León supone “la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Así lo comparte con la Madre fundadora, que tiene en el prior padre Antonio de Jesús un candidato para comenzar convento de descalzos, con el que ella no está muy de acuerdo.

Madre Teresa convence al misacantano para que se incorpore a su proyecto. El fuego oscuro que sale de los tres lunares junto a su boca, no admite dudas ante el requerimiento. De ese diálogo sólo nos han quedado dos frases que más tarde se cumplirían a rajatabla: “Hablándole, contentóme mucho” y “acepto con tal que no se tarde”, del que ya nunca será cartujo.

Los diálogos que, a lo largo de la vida, surgieron entre ellos fueron escasos pero intensos. No hacían falta demasiados encuentros ya que, como argumenta Dante en su Divina Comedia desde lo más profunda comunicación con Dios, los místicos viven en las últimas ramas de los árboles y se alimentan de la luz que llega directamente a las copas, no de la savia que encuentran las raíces.

Al Monasterio de La Encarnación, donde todavía la Madre Teresa convive en la maltrecha comunidad, se lleva de confesor a fray Juan de la Cruz, después de estrenar convento de frailes reformados en Duruelo, para enderezar un poco el desconcierto que viven en La Encarnación las religiosas. Allí conversan y, desde allí, los carmelitas de la Antigua Observancia, que no aceptan la Reforma de la Madre en ellos, se llevan al confesor para que sufra en Toledo la cárcel del convento.

La santa reclama a Felipe II su libertad porque “mejor hubiera sido estar en tierra de moros”. Y una vez fugado, vuelve santa Teresa a pedir a los carmelitas de Almodóvar del Campo “que le regalen”, porque está flaco de lo mucho que ha padecido.

…Lo demás es silencio, como diría Hamlet, porque el silencio, ahora es fray Juan quien lo asegura, también es Dios, que a veces calla para que no se resienta nuestra libertad. Silencio que se transforma en luz para nuestros ojos cuando es Cristo quien resucita.

Pedro Villarejo

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