Tu cerebro ama el cotilleo (aunque tú lo niegues)

30 de marzo de 2025
2 minutos de lectura
Cotilleo |Unsplash

Una experta en neurociencia explica cómo el cotilleo activa zonas del cerebro relacionadas con el placer y por qué ha sido clave en la evolución social

¿Te has preguntado por qué resulta tan tentador enterarse de los asuntos ajenos? Lejos de ser un mero pasatiempo o una conducta reprobable, el cotilleo tiene raíces profundas en nuestra historia como especie. Así lo explica Herminia Pasantes, investigadora emérita del Instituto de Fisiología Celular de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien asegura que hablar de otros no solo es común, sino esencial para nuestra vida social.

Desde una perspectiva evolutiva, el cotilleo no fue simplemente una distracción: fue una herramienta vital. Compartir información sobre otros permitió a los primeros grupos humanos organizarse, establecer alianzas y detectar posibles amenazas dentro de comunidades cada vez más numerosas. Como apunta la científica, el cotilleo fue “una forma primitiva de control social”.

Estas ideas también están respaldadas por el historiador Yuval Noah Harari, quien sostiene en Sapiens que hablar de los demás ayudó a Homo sapiens a convertirse en la especie dominante. ¿La clave? Conocer quién es fiable, quién ha roto las reglas o quién ayuda cuando se le necesita. Según una información de Joana Mayen publicada en Excelsior.

Cerebro cotilla

Más allá del componente social, el cotilleo tiene un fuerte impacto cerebral. Cuando alguien escucha un chisme, se activan varias regiones del cerebro: la corteza auditiva si se escucha, la visual si se lee, el área de Broca si se analiza y, sobre todo, el circuito de recompensa, el mismo que se activa al comer chocolate, enamorarse o ganar en un videojuego.

La dopamina, neurotransmisor del placer, se dispara si el cotilleo resulta sabroso. En cambio, si el contenido genera angustia o ira, es la amígdala la que entra en juego, provocando malestar. En resumen: el chisme nos afecta… ¡y mucho!

La línea entre la información útil y el rumor dañino es muy fina. Como recuerda la Real Academia Española, el chisme puede ser verdadero o falso, pero en muchos casos busca indisponer a unas personas con otras. Es ahí donde se vuelve peligroso.

Pasantes advierte que el cotilleo, cuando se usa con malicia o sin contrastar, puede destrozar amistades, romper familias y manchar reputaciones. “Lo relevante no es solo si es verdad, sino cómo y para qué se comparte”, subraya.

Aunque el cotilleo ha sido esencial para nuestras relaciones sociales, también requiere responsabilidad. Ser conscientes del poder que tienen nuestras palabras es crucial para no contribuir a la desinformación o al daño emocional.

Así que, la próxima vez que alguien te diga “¿te has enterado de lo último?”, piénsalo dos veces antes de dar rienda suelta a la lengua. Cotillear puede ser humano, sí, pero también implica ética y empatía.

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