Cosas de la guerra que mi madre contaba (y IV)

17 de mayo de 2026
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Estas crónicas no enjuician a nadie: yo sólo pasaba por allí…

En 1936 se inició en España una guerra que llevaba años larvada ante el desamparo de no acertar “la mano con la herida”. Naturalmente yo esa guerra no la viví, pero si fue tema de conversación en casa, disculpando siempre, comprendiendo y valorando al de enfrente como un hermano equivocado al que se ha de redimir con el mejor recuerdo, nunca con el sobresalto del resentimiento.

Me dispongo a escribir para Fuentes Informadas algunos relatos escuchados de aquella larga herida que sólo debe ser recordada con el perdón del que mira la vida mucho más allá de la vida misma. Nombres y poblaciones son noveladas.

Estas crónicas no enjuician a nadie: yo sólo pasaba por allí.

ESTIGMAS INCONCEBIBLES

Años antes de que la guerra de 1936 arrasara España y hasta los bordes de la misma, la vida sexual, con sus tendencias y singularidades, cada uno la llevaba como podía, con el conocimiento y la discreción que marcaba la dignidad natural y el sentido de la prudencia.

En Molino de Santisteban que, con sus casi veinte mil habitantes, podía considerarse una ciudad más que un pueblo, según contaba mi madre por referencias, se conocían casi todos y se respetaban, sin preguntar más de la cuenta, las dudosas intimidades.

Por ejemplo, Sofía y Loli era de percepción general que vivían juntas y enamoradas, lo mismo Francisca y Rosalía, dos maestras que llegaron de Santander y que fueron muy queridas y valoradas en Molino. De Francisca sólo se sabía que se le quedaban fríos los pies de tanta caminar despacio. Ayudaron durante la guerra a quienes tuvieron ocasión y sus muchos alumnos agradecieron de verdad cuanto con ellas habían aprendido. No sé por qué, al referirme a todas ellas se me vienen los nombres de Lesbia y Amaranta, personajes inciertos de Galdós en sus Episodios Nacionales.

DON CASIMIRO

Igualmente ocurrió con don Casimiro Roca, uno de los tres farmacéuticos de la ciudad, secretamente homosexual, sin el menor reproche de nadie. En las postrimerías de la República y durante los tres años de guerra civil, se veía a solas dos o tres veces por semana con Rodolfo Perales, guapo mozo del pueblo, casado y con dos hijos, que hacía de fontanero y chapuzas varias con prestigio de seriedad y eficacia.

Como don Casimiro era muy aficionado a la ópera llamó a una de su fincas La Traviata, a poco más de un kilómetro, en dónde se veían y, al parecer, se arrullaban a solas los enamorados. Rodolfo tenía un buen vivir desproporcionado con sus ingresos, de ahí que las marujonas tras los visillos entendieran que la esposa de Rodolfo estaba en la complicidad; del mismo modo que doña Encarna, la esposa sin hijos de don Casimiro, que iba todos los domingos a misa de doce con su marido, subidos en un Ford antiguo, negro y elegante, conducido por Angelito, un doméstico de toda la vida.

Al cura de La Asunción, don Andrés, no le faltaba su aceite para todo el año, gracias al boticario que, con picardía de experimentado, le enviaba tres cántaras llenas con una cartita doblada: “Aceite para su despensa y para lamparillas a las ánimas del purgatorio”… que consumían mucho menos que don Andrés porque nunca las ánimas desayunaban, como él, espléndidos rebanadas de pan mojadas en el aceite más sabroso.

Nadie en Molino de Santisteban señalaba como desdoro las posibles irregularidades o tendencias de unos y de otros, sabiéndolos personas sociales y generosas, dispuestas al servicio y al encuentro sin el menor reproche de sus paisanos.

Esos estigmas están hoy felizmente superados, entre otras cosas porque aún no se sabe científicamente la génesis de la homosexualidad y cualquier juicio que se hiciera sería infeliz; no procede un atrevimiento de reproche colectivo en ninguno de los sentidos. Lo único que se sabe es su práctica desde el principio de la humanidad, con diferentes instrucciones y procedimientos, según quiénes y sus porqués.

AÑO DE LA VICTORIA

Pomposamente se llamó al primero de abril de 1939 Año de la Victoria que, como toda hechura humana, tiene sus detractores y sus defensas.

Poco a poco se fue imponiendo en todo una censura subterránea y durísima que iba minando las voluntades, el derecho a opinar y a vivir en libertad sin ofender a nadie. Fueron apareciendo, entonces, una serie de leyes restrictivas acordadas por los nuevos legisladores para que no se perdiera la ganancia conquistada.

Pronto vio la sombra, mejor que ver la luz, la Ley de Vagos y maleantes, que incluía el desprecio, rechazo y castigos para los abiertamente homosexuales: ni artistas u otras profesiones de relieve se vieron libres de sentirse hechizados por la proclama. El lesbianismo, sin embargo, llamaba menos la atención y su práctica rayaba la permisividad.

A los que difícilmente podían ocultar su estilo de vida sin que “el escándalo” alterase lo dispuesto, se les llamaba la atención o se “les invitaba” al exilio.

Contaba mi madre que don Antolín Ramírez, capitán de la Guardia Civil en el destacamento de Molina de Santisteban, habló discreta y educadamente con don Casimiro, a instancias del Gobierno Civil, para que desistiera de sus arrobamientos, dado su categoría y la espera de buen ejemplo en persona de su clase.

Don Casimiro se sentía lo suficientemente mayor como para salir de España, dejar su farmacia y sus olivos, su esposa y su misa de doce los domingos con Angelito de chófer. También se sentía sin tantos efluvios amatorios como antaño le encadenaban. Y decidió regalarle a Rodolfo la casa donde vivía de alquiler, que era suya y que nunca, naturalmente, le cobraba. Así se olvidaron los besos y los apasionamientos entre ellos, aunque mi madre contaba que, cuando podía, algún pellizco que otro al guapo de Rodolfo don Casimiro le daba.

Pedro Villarejo

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