Metafóricamente se suele aplicar a aquellas personas que lo aguantan todo, o que nada les traspasa o que poco les importa cualquier cosa que sea ajena a su conveniencia personal. En España abunda una especie de tortugas conocidas como galápagos leprosos, llamados así por una ulceración continua debajo de la concha que arroja un olor insoportable cuando se tocan. Como ellos no se huelen a sí mismos están acostumbrados a bañarse en las ciénagas con otros quelonios de la familia y salen al sol cuando son advertidos de que en la superficie nadie les va a llamar hijos de puta.
Y todavía peor: estos animalejos se defienden tras su concha de las picaduras de la jurisprudencia, que ha de valerse de cuernos astifinos para llegar a la ponzoña que los cubre. Se perfuman con agua de colonia cuando van de visita y por eso, en algunos países, dicen que son tortugas aseadas, queridas por muchos de su misma condición, también llena de úlceras. Pueden vivir hasta treinta años en esas condiciones con el deseo de agrandar la charca donde viven hasta convencer a los demás que quienes huelen asquerosamente son los otros.