Escribe Vicente Núñez, gran poeta cordobés casi olvidado, que las casas no son de nadie, salvo del tiempo. Al perder la casa donde vivimos y jugamos, perdemos también los primeros escondites de la vida, que todavía guardan las bolas de cristal de nuestros juegos.
En nuestra casa de entonces gozábamos de un azofaifo que nos proveía a los hermanos y a los vecinos de su carne dulce, roja y redonda, envidia de todos cuando florecía… Ya nunca más comí aquel fruto, como nunca más la memoria quiso devolverme aquellas horas, aquellas hojas altas de los sueños.
Hoy las casas, los pisos o apartamentos, incluso las caravanas donde algunos viven, están en la preocupación de casi todos los españoles que sufren una ley absurda de contratos y alquileres. Si se dejaran libres los mercados, con ordenanzas que garantizaran derechos, no que los impusieran, las posibilidades serían mayores y no habría que estar buscando en los mapas de la especulación tesoros escondidos.
Los dineros de los inversionistas siguen optando por comprar ladrillos cada vez más caros, a no ser que pueda conseguirse por “tráfico de influencias” algún mirlo blanco que algunos tienen reservados para pagar favores u ocultar delitos.
La razón suprema de que el Presidente de Gobierno no convoque elecciones, radica en que ya no le sería posible encontrar una casa tan grande y tan barata como La Moncloa que, además, goza de servicios y servidumbres, pagados por los contribuyentes indefensos.
Aunque también el Estado ofrece gratis palacios de hormigón en Estremera, por ejemplo, con privilegios añadidos por el ministro del interior, que siempre está al quite cuando los cuernos de la ley enfilan a las carnes del torero.
Las casas no son de nadie, sino del tiempo… por eso algunas habrá que desocuparlas cuanto antes.
Si escuchásemos el consejo que Santa Teresa de Jesús dio al mundo en su momento de que “la vida es una mala noche en una mala posada”, buscaríamos en nuestras casas los lujos necesarios, los cuadros precisos, ventanales con vistas a nuestro alcance y complementos moderados porque las demás grandezas quedarán después, huérfanas de miradas, exentas de predilección y tristes en su soledad. Nada en demasía, argumentaban los griegos clásicos, porque la exagerada abundancia termina luego en trasteros que los herederos olvidan.
A todos nos gusta vivir en “habitaciones con vistas”, en tanto que sepamos voltear los ojos de fuera para que miren adentro, en el alma que, también según Santa Teresa, es un castillo interior de diamante o de muy claro cristal, en cuya habitación principal Dios vive y nos espera. Con Él acabarán los fugitivos alquileres.
Ya que hemos de recordar con más frecuencia que el alma vive en un piso de alquiler que es el cuerpo, al que debemos pagar con el respeto a los convenios establecidos, cuidándolo, adornado sus paredes con espejos, asomándonos al día a día de las circunstancias, sin olvidar que el contrato cumple cuando una mano imprevista, puntual, nos saca de la cama o del sofá para llevarnos en volandas a la aventura ignorada del Dios enamorado…
Las casas, el piso del cuerpo que con el tiempo se arruga y se deshace, tampoco es de nadie ni siquiera del tiempo, desaparece en una eternidad indescifrable, en el fuego que no quema de sus amores prometidos.
Cuando se aceptan alegremente las proposiciones de ley que van al Parlamento, han de mirarse muy cuidadosamente las consecuencias. La ley que votaron los que ahora se manifiestan contra ella ha hecho posible lo que a todos nos duele al ver a Maricarmen en volandas saliendo de su casa.
La ley es dura, pero es la ley, aunque nos rompa el alma. A Maricarmen parece ser que le han ofrecido otras alternativas: alguien de su entorno debiera haberla prevenido.
Muchas personas que ante su desahucio se manifestaron con sufrimiento podrían haberle cedido, provisionalmente, una habitación en su casa para que Maricarmen regresara a los relámpagos de su inocencia aquella de cuando las paredes se pintaban de cal y salíamos al patio para que la lluvia nos mojara.
…Muchas personas como Maricarmen, todos, volveremos al asombro de los tiempos en que fuimos felices… Antes o después la vida nos echará de nuestras casas, esas que no son de nadie, salvo del tiempo: saber adonde vamos nos consuela.
Pedro Villarejo