Su huerta lindaba con las últimas casas del pueblo. Muchas tardes Antoñito se perfumaba con agua de colonia Heno de Pravia, anudado un rojo pañuelo de satén al cuello y un “cordobés color de caramelo” sobre la ancha cabeza y se iba solo a la terraza del Café de La Estrella para consumir una ginebra con dos hielos y ver pasar a los muchachos de camisa abierta, según la temporada.
No era preciso que Antoñito se contoneara al andar ni que se hablase explícitamente de sus afectos ni de sus apetitos. Todos sabían que Antoñito vivía espléndidamente con el fruto de sus lechugas, tomates y hortalizas, que él mismo cosechaba a sus sesenta y dos años. Todos sabían, también, que era ayudado, en tiempos de cosecha, por algún que otro jovenzuelo “espontáneo” de los pueblos vecinos que recibían al final sus dinerillos y más de un apretón, cuando la huerta de Antoñito se convertía a la noche en un oscuro y vibrante callejón sin salida.
Su perro, Leo, ladraba únicamente si trascendían demasiado los alborotos, pero él no confiaba mucho en el animal porque Antoñito se había convencido de que a los perros les ocurre como a las personas, que con un trozo de carne se olvidan de lo importante.
Al borde de los setenta años, a Antoñito se le quedó dormido el músculo de la boca de no besar como antes y comenzaron a disminuirle las ganas de casi todo. Decidió entonces acomodar el galpón donde guardaba los aperos de labranza para que un matrimonio sin hijos allí viviera haciéndose responsable de su huerta, tras un arreglo económico ventajoso para ambos.
Como al don Guido machadiano, Antoñito el de la Huerta decidió también ir más a la iglesia, hacerse cofrade de La Virgen de los Remedios (buscando sin solución el suyo), hablar con el cura de temas que al cura le costaba Dios y ayuda responder, comprarse una biblia y una imagen pequeña de Santa Rita, abogada de los imposibles, para quedarse a la noche dormido pensando en los asombros de una vida, la propia, llena de verduras escarchadas y algún que otro galanteo que las estrellas tapaban las noches en que las estrellas no dormían.
Entre riegos, nitratos, cosechas, ginebras y apetitos a deshora de carnales antojos, a Antoñito no le quedaba mucho tiempo para leer. Si acaso, sentado frente al televisor en su butacón de cuero antiguo, contemplaba algún que otro programa del corazón que, aunque le descorazonaba, también le entretenía.
Por eso nunca leyó a Agustín de Foxá que había escrito más o menos lo que de memoria recuerdo: “A partir de los sesenta años, con más seguridad a los setenta, comenzamos a sentir en el alma y en el comportamiento la melancolía del desaparecer”.
Constato que este rizo de sarmiento blanco en el pelo invisible se instala en la preocupación diaria al reconocer que ya cada día importamos menos a los demás, que se agudiza el sentido de la provisionalidad y que, por más estiramiento fingido al decir o al andar, el lejanísimo horizonte ya comienza a mirarse con las gafas de cerca y a tocarse con sólo extender un poco más el brazo de la conciencia.
Esto era lo que Antoñito había incorporado a su vida de un modo espontáneo, sin haber leído a Foxá, con sólo asomarse al exterior de las horas y comprobar el estrangulamiento de la escasa arena que queda en el piso de arriba de su reloj… Los humanos vamos con los años quemando la tela de los misterios.
Como Antoñito era más listo que el hambre, nunca por su familia padecida, sonrió al escuchar del sacristán una tarde de sofocante quinario que los hombres son feministas hasta que se casan, dejan de ser comunistas cuando comienzan a ser ricos y los ateos, ante el precipicio de la edad, se convierten en creyentes “de toda la vida”.
Antoñito el de la Huerta nunca fue ateo, sí “descuidado” de sermones y misas porque no le dejaban comulgar dadas sus condiciones amorosas. Aunque ahora, disminuidas las potencias de sus placeres y viendo cómo su cansancio se estremecía en lo hasta hace poco airoso de su cuerpo, pensó que había llegado el momento de aclarar su condición espiritual para que a la hora de morir dijeran también en los funerales, como con los demás, que había sido un hombre bueno.
Como a Antoñito ya no se le veía acompañado por efebos en los rincones tenebrosos de su huerta, era considerado entre sus paisanos como el Antoñito de siempre, pero mejorado, porque “no ejercía” de lo que en el pueblo no se hablaba sino a hurtadillas.
Primeramente habló con don Eugenio Tobares, un célebre abogado canonista, respetado y creyente, serio y sabio, para abordar su problema personal de “amores diferentes” en el engranaje de la Iglesia. Antoñito sabía que los demás conocían lo suyo, pero conservaba ese antiguo pudor en la palabra.
Don Eugenio esgrimió la doctrina de la Iglesia para responderle que la ley natural no puede ser contraria a le ley de Dios, que ha creado al hombre y a la mujer para que continúe la vida desde ellos… Antoñito siempre pensó que la ley natural, como todas, tiene sus excepciones y que “lo natural” no siempre era natural en todas las naturalezas.
Seis meses llevaba de párroco don Ricardo Ruano, el nuevo cura que tenía fama de moderno y atrevido en sus planteamientos pastorales. Antoñito el de la Huerta habló también con él y sus respuestas, aunque abrillantadas por citas de eminentes teólogos y hombres de ciencia, eran parecidas. Quizá, pensaba Antoñito, no podían ser de otra manera. A todas ellas añadió don Ricardo que la Iglesia le invitaba a vivir en castidad, dado su estilo diferenciado de querer… pero Antoñito no había elegido ser monje ni pudo prescindir de sus improntas amorosas, que no tuvieron su raíz en vicios ni perversiones, sino en descubrir de pronto una inclinación de deseos, de mejillas y cuerpos que él no había elegido.
El tercer consultor a quien acudió Antoñito, cada vez más menguado, fue un misionero casi de su misma edad al que habían invitado para una exaltación de la Virgen patrona en la fiesta de la Asunción. Sacudido en mil batallas, el predicador dejó para siempre en paz la conciencia de Antoñito el de la Huerta al responderle como hombre espiritual en su inquietud:
-Desde ahora debes tener muy claro lo que los demás tenemos algo oscuro: En las cosas de Dios, después de los esfuerzos, hemos de andar como bien se pudiere.
Años después, Antoñito ya casi deshecho, supo que aquella frase correspondía a San Juan de la Cruz y murió, por eso, sereno y sostenido.