Vivir a menos de 100 metros de un espacio verde puede disminuir significativamente las probabilidades de desarrollar demencia en la vejez, según una investigación de la Universidad de Estocolmo y el Instituto Karolinska publicada en Alzheimer’s & Dementia. Tras hacer un seguimiento a casi 3.000 adultos mayores durante 16 años, los científicos concluyeron que la presencia de naturaleza en el entorno cotidiano reduce este riesgo en un 20%, siendo una asociación especialmente marcada entre las mujeres.
El estudio enfatiza la importancia de la vegetación más próxima a la vivienda frente a los entornos naturales ubicados a mayor distancia. La investigadora principal, Cecilia Stenfors, subraya que la naturaleza cercana adquiere un rol fundamental en las etapas de la vida en las que se pasa más tiempo en el hogar, por lo que este análisis aporta evidencia sólida para considerar la salud cerebral en la planificación y diseño del urbanismo sostenible.
La presencia de elementos verdes —como árboles, jardines residenciales, parques o senderos ajardinados— proporciona beneficios directos para la mente y el cuerpo incluso cuando no se dispone de grandes reservas naturales cerca. Las investigaciones vinculan la proximidad a estos espacios con la reducción del estrés, un descanso nocturno de mayor calidad, un aumento en la satisfacción con la vida y un menor consumo de medicamentos antidepresivos.
Además de los beneficios psicológicos, la vegetación actúa como un catalizador de hábitos saludables al fomentar el ejercicio, la movilidad activa y las relaciones sociales al aire libre. Asimismo, las áreas verdes ofrecen importantes servicios ecosistémicos a las ciudades, ya que ayudan a mitigar riesgos ambientales recurrentes como la contaminación atmosférica, la exposición al ruido del tráfico y las altas temperaturas urbanas.
En conclusión, los expertos instan a los planificadores urbanos a proteger la naturaleza existente y a proyectar áreas verdes accesibles para toda la población, independientemente de sus capacidades. Concebir la vegetación residencial como un recurso compartido de salud pública no solo favorece el envejecimiento saludable de la ciudadanía, sino que también contribuye a la biodiversidad y a la adaptación de las ciudades ante el cambio climático.