Nada más verlo, el alma se llena de una tristeza antigua que evoca culpabilidades. Aparece usted en escena y uno ya se siente pecador, aunque no haya pecado. Sucedía algo parecido en ejercicios espirituales pasados cuando el fraile (este señor creo que lo ha sido) a los entonces inocentes nos enviaba directamente a los infiernos si esa noche caíamos en la tentación. Sin poderlo remediar, tiene cara de asco, el pobre, y seguramente son efluvios de catedrático al vernos tan ignorantes por no votar a su señorito.
Este defensor del pueblo arremete contra el TS porque, según él, deja sin defensa a los que huyeron de Franco sin haber nacido. A su edad, señor defensor del pueblo, deje a un lado las servidumbres y dedíquese a servir a tantos indefensos como hay en Ceuta, a los muchos que murieron en el mar y que seguramente usted y los suyos son capaces de decir que Franco los empujó para que se ahogaran… Cosas así. Defensor usted, ¿de quién?, si únicamente se asoma para atacar la nobleza de los que juzgan con sensatez. Hágame caso: cómprese un traje de flamenco vaya a la feria de Sevilla y alegre un poco ese desdén, buen hombre, que ya resucitará su socialismo. Sería diferente su sonrisa con un buen trago de manzanilla, vibrante de amarillos en todas las casetas.