Bien claro lo señalaban aquellos trenes nuestros de lentitud y posguerra: “Es peligroso asomarse al exterior”… y la razón, sobre todo, era por la carbonilla que entraba sin remedio en los ojos desde aquellas máquinas, asnos ruteños en su manera de correr. Pero además de la carbonilla estaba el peligro de una rama extraña, de algún pajarraco indeseado, de un sorpresivo fenómeno de la naturaleza, de la que casi siempre hay que desconfiar. Ya lo advertía el maestro Alcántara en una de sus hojas reflexivas: “La madre naturaleza es una madre desnaturalizada porque tanto te envía una piña tropical o una naranja -que es un verdadero milagro- como un rayo que te parte”
.…Hay que andar prevenidos, que asomarse al exterior, y mucho más en este tiempo de elecciones, puede provocar en la madre naturaleza la aparición de un rayo que nos parta. Ya sabemos el clamor de Maimónides al despedirse: ¡Cuida a Córdoba y cuídate de Córdoba!
Tener cuidado es una suave manera de desconfiar, que los seres humanos somos capaces de acampar en Sol, exigiendo legítimamente soluciones para la vivienda, y esconder varios pisos conseguidos, algunos de protección oficial, para ayudarse con los alquileres a la paguita de diputados o de sindicalistas. Se clama con honestidad cuando se reclama para los demás lo que uno ha conseguido con la debida limpieza.
Refiere José Luis Cano que Federico García Lorca, de niño, cuando se acercaban a pedir los gitanillos a una de las fincas de su padre, entraba con prontitud social a la cocina y allí, sin que nadie le viera, les sacaba el pan más grande… Un muchacho rico, como él, daba de lo propio mostrando así un corazón tan grande como el pan que regalaba. Los aprovechados dijeron después que Federico era de los suyos. Pero de nadie es el que obra bien, pertenezca o no a definidos partidos políticos. Porque las ideologías no transforman a las personas son ellas, por las personas, las transformadas. De ahí que las familias, comunidades o países enteros triunfen o fracasen, según quien esté a la cabeza. Nadie es de nadie, salvo de Dios si lo que hace es bueno para los demás.
El pan más grande que puede ofrecer un ser humano es su ayuda para ese difícil comienzo del vivir. El pan más grande es levantarse de noche, estar en vilo de día y tener el corazón empeñado en aquellos que deben llorar al nacer. Porque en esta sociedad nuestra nos duele con razón que las personas mayores no tengan casa donde morir, pero matamos en la casa del vientre a los que todavía no han nacido.
Para uso político y descoyuntado, pronto aparecen las cartas laudatorias, los reconocimientos, los duelecillos de quienes, probablemente, sean los que facilitaron ese desdoro del que ahora protestan… Sólo el amor conoce el filo de la hoja de los cuchillos. Sólo se tiene miedo a inaugurar otra libertad distinta a la que los demás han dejado, por si la nueva no nos favorece. El pan más grande puede regalarse únicamente cuando se tiene en casa y se saca de las alacenas para que no se ponga duro. O cuando se conoce el camino de la panadería.
De nuevo tiene razón Francisco Ayala al considerar que el alma de la conciencia humana es un ancho cementerio donde reposan los huesos de tantos como hemos dejado morir, por inconsciencia o por olvido, por las mentiras que ensanchan los egoísmos o por la demagogia de seguir creando fantasmas que oculten las propias desidias…
Es imprescindible una catarsis universal: El mar de todos puede ser el espejo donde reconozcamos los cadáveres azules, infinitos de la inventada memoria.