Las manos de los (hu)manos

8 de octubre de 2026
3 minutos de lectura

Son ellas las que besan con los dedos, las que entregan el regalo, las que lo reciben, las que ayudan a dar los primeros pasos, a empujar el columpio o aventear el trigo en la era

Las mismas manos que se elevan hacia el cielo en ademán de súplica, las que tocan el tambor implorando la lluvia, son las mismas manos que recogen la flor, las que abren la jaula, las que acarician, las que sustentan el báculo o indican el camino. Con ellas abrazamos o estrechamos las del amigo, firmamos un contrato notarial, pero no escrito, damos consuelo y apoyo al que sufre y quitamos la lágrima de la mejilla. Son las mismas con las que entrelazamos los dedos con la persona amada y hacen un “nosotros”, las que, en la piel, hacen nido de amor posible; las que convierten el silencio en refugio, las que se alargan para pedir limosna o dar un trozo de pan al que lo necesita.

Las que alzan la copa para glorificar la amistad en el brindis o en la victoria, las que cogen la hostia en el altar, las que, tras el vidrio de las lágrimas, dicen adiós desde el muelle al que parte hacia tierras lejanas y dibujan con su ademán la geometría de la ausencia, o saludan al que regresa a su patria chica y perfilan el camino del regreso. Son las mismas que moldean en la arena un corazón, las que en la corteza del árbol graban unas iniciales o un te quiero. Son ellas las que besan con los dedos, las que entregan el regalo, las que lo reciben, las que ayudan a dar los primeros pasos, a empujar el columpio o aventear el trigo en la era.

Manos que erigen estatuas a golpe de cincel y martillo, las que tallan la madera y hacen un santo, un dios o una virgen y lo hacen carne visible, las que en la fragua funden el hierro y forjan la navaja o el cuchillo. Quizá sean el cincel que en la piedra forcejea y la voz que gobierna el sentimiento. Manos que hablan, que sienten, que aman, que gritan, que amasan el pan en la artesa y van de la tierra al cielo, de la nada al todo o al infinito.

Sí, esta mano que ahora escribe sobre este papel manchado de café y de tinta y que trata de dar forma a la idea, de establecer un puente entre mente y anatomía, entre símbolo y materia. El escritor, como el labrador, establece un vínculo con el objeto con el que trabaja. La letra induce al alma a la creación. El labrador abre el surco a medida que el arado avanza para poner la semilla que dará fruto. Llueven palabras, nievan palabras; el árbol del silencio florece regado con el agua del ingenio o de una suerte de juego alquímico.

Este sonido apenas perceptible del grafito o de la tinta sobre el papel, el tacto del dedo pulgar e índice, la caricia del meñique arrastrándose con su manto de peregrino sobre la blanca página, produce, a poco que uno trate de percibirlo, un goce inmenso, casi místico. Es el lento procedimiento del sembrador de palabras que arrastra su melancolía en cada grafía, trata de procesar las ideas, de palparlas a través del trazo, del símbolo, de la letra escrita. Es un ceremonial, una especie de rito sagrado, antiguo, que trata de estructurar la idea, de contactar la intimidad del escritor con su pensamiento. El trazo, las curvas de las letras, los símbolos, el plano visual de la tinta y lo táctil del lápiz constituyen, amén de un misterio, una emoción única. A fin de cuentas, la mente, con la escritura, tiene pies y manos; ambas caminan por la misma senda para llegar al mismo sitio.

Escribo para saber lo que pienso. No sé si pienso tanto lo que escribo. Fantaseo; construyo andamios de palabras, de sueños, de metáforas. Inventa mundos posibles e imposibles. Mi mano da cobertura y apoyo a lo que concibo y lo expande, lo multiplica.

La mano del labrador, como la del sembrador de palabras, no es la de aquel que alarga sus dedos como fríos tentáculos sobre indolentes pantallas de vidrio haciendo scrolling o teclado sin inertes ante un muro hecho de sentimientos imposibles. No son las manos del que ensambla el misil, las del que aprieta el gatillo o desenvaina la espada; no las del que roba a manos llenas o firma para un inocente sentencia de culpa.

Mientras arrugo con mis manos el papel y lo tiro a la basura, dejo al alcance de las tuyas, de tu mente o de tu olvido esta reflexión que firmo de mi puño y letra, quién sabe para quién, en septiembre del dos mil veintipico.

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