Cuando no se cree tener bastante para vivir y nada legítimo a tu alcance lo procura, la solución es robar. Hay algunos que roban por cuenta ajena, dan su cara, su nombre y sus cuentas corrientes a ladrones camuflados; y otros, que roban por sí mismos procurando, si pueden, no mancharse el guante blanco de sus dignidades. A cualesquiera de los dos se les puede llamar filibusteros que, aplicando una etimología heterodoxa, son los amigos íntimos de la mentira.
Algunos de los filibusteros/as consiguen escaparse de la justicia pero, cuando se ven irremediablemente sorprendidos en cómo se aprovecharon de sus influencias, por ejemplo, y en otras varias elegancias en su vida interior, arremeten con los descubridores atribuyéndoles perversiones en su oficio o sempiternos “bulistas” (otro neologismo) contra personas tan honestas que a nadie han hecho daño, por más que les robaran. Intentan despeinar a los jueces peinados y a algunas magistradas extremeñas con un “sustillo” de sicarios que les sirva de escarmiento.
Los filibusteros nunca van a la cárcel porque, cuando les llega el turno, bien se encargan ellos de que su delito haya prescrito… ¡Hasta ahí podríamos llegar!