Sin duda alguna el auto sacramental más conocido y valorado de don Pedro Calderón de la Barca es “El Gran teatro del mundo”. Allí se representa la gran escena de la vida en la que cada uno ha recibido ropajes distintos para mostrar personajes diferentes. Acabada la representación, cada uno cuelga su traje y se queda a la intemperie. Entonces, la verdad sin vestiduras se descarna en soledad entristecida por los legítimos reproches que salgan de la conciencia.
La sociedad española sufre ya el cansancio de lo diario. Los rutinarios artículos, protestas o manifestaciones no cambian en nada la circunstancia. Sólo se añade, si acaso, un poco más de cemento en el descaro de las respuestas. Nada más. Poco a poco nos vamos resistiendo a leer lo de siempre: que el presidente de Castilla La Mancha sigue con su “crítica” sin el menor compromiso; que la ministra de defensa no aplaude en el Congreso cuando el presidente habla; que los jefes de los distintos tribunales ajustan los asientos a sus posaderas… Teatro de supervivencia.
Cuando estemos solos y desnudos frente a la verdad de los espejos, ¿quién podrá defendernos?