Los servicios secretos y los ‘hackers’ del sultán

7 de septiembre de 2026
4 minutos de lectura
Hacker | Freepik

Los teléfonos pinchados de Moncloa, los ‘hackers’ y los 70.000 agentes

Por JOSÉ VALENZUELA ÁVILA

A un servidor, le produce una mezcla de hilaridad y asombro esto de los
hackers. El personal anda escandalizado porque el sultán vecino metió un bicho cibernético en el teléfono del nefasto timonel de nuestra política y de sus más fieles escuderos. ¡Qué escándalo! ¡Qué ignominia! Y el ciudadano de a pie se pregunta, con esa candidez tan propia del que paga impuestos: «¿Pero qué gana el sultán con esto?!».

Piensan erróneamente quienes creen que si los hackers lo hacen público
ahora, ¡se le acaba el chantaje al sultán!». Ay, de las almas cándidas que no han entendido la sutileza del juego.Aquí, en los páramos de la alta política, el silencio pesa más que las rocas, pero reparen en que, a veces, al sultán le conviene que los muertos hablen, que la elocuencia prime.

Decía el hombre más sabio de Roma, el cordobés Séneca, entre trago y trago de cicuta, que la virtud es fuerte y el vicio es cobarde, pero olvidó añadir que el miedo es un negocio de rentabilidad perpetua.

El hackeo de Estado no es el fin; es solo la llave. Cuando los servicios de
inteligencia del sultán le rebañan la memoria del celular a Narciso de la Moncloa o a su incombustible escudero de Transportes y Fontanería, don Óscar sin estatuilla, no buscan el aplauso del público. Buscan la copia eterna.

El virus se puede limpiar con un buen desinfectante digital, pero los gigabytes de secretos ya duermen en los servidores del sultán. El borrado es inútil: la intimidad del prójimo, una vez fotocopiada, se convierte en un pagaré sin fecha de caducidad.

Aquello se queda ahí, suspendido en el aire, como esos murmullos que se meten en las rendijas de las casas viejas.

Pero entonces, ¿por qué demonios los hackers deciden tirar de la manta
justo ahora y hacerlo público? Ahí es donde se activa la picaresca más refinada del sultán. Verán, el chantaje a puerta cerrada funcionó de maravilla para que Narciso mudase de opinión sobre el Sáhara o mire hacia otro lado en la frontera.

Pero llega un momento en que el chantaje silencioso da todo lo que puede de sí, o bien el gobernante chantajeado —envalentonado por sus propios delirios de grandeza—empieza a ponerse gallito y a olvidar quién tiene la sartén por el mango.

Es entonces cuando el sultán da la orden a sus «hackers independientes» (esos fantasmas cibernéticos que casualmente siempre arrastran los pies por el desierto) para que abran el grifo y suelten una ración de barro y basura al público.

¿Qué gana el sultán con esta aparente indiscreción? Lo gana todo mediante un triple salto mortal de cinismo político:

Gana el castigo ejemplar: Es un aviso para navegantes. Al filtrar algunos secretos jugosos, el sultán le demuestra a Narciso —y al que venga detrás—que la amenaza era completamente real. Es la clásica técnica mafiosa de romperle una pierna al deudor público para que los demás paguen sus deudas a tiempo y de rodillas.

Gana la demolición controlada: Al hacer pública la podredumbre, el sultán debilita políticamente al Gobierno de turno, sumiéndolo en una crisis interna tan descomunal que los obliga a centrarse únicamente en su propia supervivencia diaria y a descuidar por completo la soberanía nacional. Un vecino débil, asustado y con el agua al cuello es un vecino infinitamente más sumiso.

Gana recordando quién es el verdadero dueño del mando: Al soltar la información en cómodas dosis semanales, el sultán mantiene al ejecutivo en un estado de infarto de miocardio permanente. Cada notificación de prensa es un mensaje cifrado que dice:«Mira lo que tengo de ti. Si hoy he publicado esto, piensa en la bomba atómica que guardo para mañana si te portas mal».

Imaginen la escena en el búnker de la Moncloa. Al verse descubierto, Narciso no se inmuta, se ajusta el nudo de la corbata y, con ese aplomo tan suyo que roza lo patológico, comparece ante los micrófonos para asegurar que la filtración es, en realidad, un éxito sin precedentes de su agenda de transparencia digital y un ataque de la «fachosfera» internacional.

Mientras tanto, sus ministros se desintegran de puro terror. Imaginen a la ministra de Hacienda, doña Mentiras, cuadrando los presupuestos a base de inventar nuevos impuestos mientras reza a todos los santos para que los hackers no filtren los audios donde se ríe a carcajadas de los contribuyentes.

O al ministro del Interior, el que cambió la c de su apellido por una k, que ya no sabe qué cara poner ante las vallas de Ceuta y Melilla, mientras ve cómo los periódicos airean sus informes más oscuros y sus órdenes secretas de mirar hacia otro lado.

Cada vez que suena un teléfono en el ministerio, se escucha un coro de suspiros y se huele el miedo.

Al final, los pícaros de la Moncloa se deshacen en disculpas extravagantes y sudores fríos, arrastrando sus culpas por un Congreso que parece un pueblo fantasma habitado por almas en pena. El fin último de toda esta tecnología militar de espionaje y hackeo no es el caos informático, sino la docilidad absoluta de las marionetas. Es convertirlos secretos de alcoba,los negocios de los familiares y los chats de WhatsApp de los gobernantes en territorio conquistado.

En resumidas cuentas: que cuando los hackers hablan, es porque el sultán ha decidido apretar la soga para recordar quién manda aquí. Y a nosotros nos toca asistir a la comedia de ver cómo nos gobiernan desde el teléfono móvil de un tercero, mientras se les da las gracias al vecino del sur por no publicarla lista completa de la compra de la Moncloa.

«No hay viento favorable para el gobernante que no sabe a qué puerto se
dirige, pero menos lo hay si el sultán ya le ha pinchado el timón».

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