Ionesco ya lo anticipaba: “No tengo respuestas válidas, ni siquiera para mí”. Por más esfuerzo que hago en levantarme coherente y optimista, animoso y fértil, no encuentro respuestas para un mundo que se afana cada día en buscar al personaje que dice la barbaridad más grande, la más bastarda insolencia.
Dos ejemplos bastarían para reír o llorar con el mismo entusiasmo. El zar de todas las Rusias, Putin el de los aspavientos y la mesa distante, se complace en decir que él y el presidente de Corea del Norte luchan por crear “un nuevo orden mundial y más justo”… la atrocidad del relato supera toda desvergüenza. El otro zar omnipotente de los EEUU acaba de proclamarse dueño del Estrecho de Ormuz como el que se unta una tostada con aceite para desayunar. Y Groenlandia y el petróleo de Venezuela con Delcy enamorada y los olivares de Jaén y la Virgen de la Cabeza… todo es suyo y quien no esté de acuerdo lo manda callar o lo destierra a los desprecios infinitos.
Prefiero a los nuestros cuyas temeridades no pasan de agradecer a Mohamed su colaboración y vocear ante el universo la inenarrable eficacia de su entrega.
Pedro Villarejo