Aunque los gustos sólo responden a las exclusivas sensibilidades, Nabucco, la ópera de Verdi, abriga la extraña soledad que casi todos llevamos en el alma sin saberlo. Los judíos, vencidos y humillados por el rey de Babilonia, han visto cómo caían las torres de su fe, la altura de sus templos, y lloran impotentes reclamando justicia.
Al regresar, deshechos, suponiendo la destrucción que iban a encontrar, cuelgan sus cítaras en las ramas de los árboles, que es lo mismo que colgar la música de su corazón en los árboles de la desdicha. Verdi, entonces, invoca a las musas para que regresen cuanto antes y desliza, en medio del dolor su “Vuela mi pensamiento (“Va pensiero”), que canta deliciosamente el coro de los hebreos desterrados, el llanto sublime por la libertad.
Al escuchar esta aria que se siente en la ópera de Nabucco, se estremecen también los españoles al comprobar el exilio enmascarado al que nos empujan estas leyes que sufrimos, endulzadas en un proteccionismo camuflado de verdades marchitas. Porque nunca el zorro defiende a las aves acorraladas. En un corral vivimos, donde todo se sabe de nosotros y, al menor descuido, nos dejan sin plumas y cacareando, inútilmente.
…Vuela hoy mi pensamiento hacia una libertad burlada que sólo se refleja del todo en las tumbas de los cementerios, que sólo el silencio distribuye como el polen necesario de la mejor esperanza.
Desde el principio, iluminado por mi creencia en Jesucristo, rechacé la palabra odio de mi vida, sustituyéndola por una “desconvocatoria de afectos”, que viene a ser respuesta suave tras sufrir continuas agresiones históricas e intelectuales.
Tal actitud señala mi relación con los ingleses.
Me satisface, entonces, que hayan perdido en el fútbol con Argentina. Ellos, que cuando pierden, imponen a la fuerza sus ventajismos: Si la Iglesia Católica rechaza una nulidad imposible, aparece Enrique VIII y funda una iglesia a su medida, que es más bien un pájaro sin alas, sin justificación y sin destino. Con su esposa Catalina no pudo el rey tramposo y blasfemo, por ser sobrina del Emperador Carlos V y su crimen hubiera significado una repulsa colectiva.
Los ingleses, para no ser como los demás, rechazan Europa e inventan el Brexit, que es otro pájaro, afónico esta vez, que ha extraviado la música de sus diferencias. Que todos llevan el volante de sus autos a la izquierda, ellos a la derecha. En lugar de euros, manejan libras con el rostro juvenil de su reina enjoyada. Que nadie tiene Colonias en Europa; ellos, Gibraltar: otra sombra de Europa desdeñando lo nuestro que mantiene a los ingleses con el bombín de su farsa.
Desde una osadía desmesurada, nuestro Presidente de Gobierno dice “haber cerrado una herida” echando abajo la verja por donde la sangre del atropello circula como un río de desdenes… Mi postura de hoy no quiero que descomponga mi habitual y buscada compostura, pero duele en lo más profundo esta ruinosa complacencia.
Debajo de los turbantes esconden sus fusiles los ayatolás; nuestros resentidos británicos, bajo la apariencia de gentlemen, ellos ni siquiera intentan disimular su desprecio…
Mi pensamiento vuela pidiendo una transformación para estos señores que quieren el pan y las tortas, Gibraltar y Las Malvinas.
Otro gran artículo histórico del señor Villarejo. los ingleses son unos tramposos.