Una mañana de avanzada primavera, dos tipos enchaquetados, altos, bien afeitados, con gafas de policías de película, entraron en la celda del interno Juan Antonio Flores. «Tienes que quitar la querella, ¿qué quieres…?». Flores, que venía de un coma clínico, se quedó petrificado.
Pocas semanas antes, le había visto los ojos a la muerte en el hospital Gregorio Marañón, adonde le llevaron inconsciente desde la cárcel. Una gigantesca querella por numerosos delitos se había empezado a mover en los juzgados, contra directivos y contra casi todo el equipo médico de la prisión madrileña de Soto del Real.
Flores, hoy de 43 años, casado y con tres hijos pequeños, no estaba para nada… Hablaron con su abogado y se ofrecieron a darle casi 1,3 millones de euros.
A cambo de su silencio, y de que retirase la querella por graves delitos de la desatención médica sufrida dentro de la cárcel.
Los enchaquetados le concedieron, además, algunas prebendas penitenciarias. No se presentaron, pero muy cerca de la jefatura de prisiones debían estar como para. sin ser preso, entrar en una celda sin más-
El dinero, con remite del Ministerio del Interior en la época del ministro Fernando Marlaska, en 2018, llegó a la cuenta de Flores. «Aquí está el dinero y el extracto bancario», describe Flores.
A través de intermediarios, se ha preguntado a altos mandos de Prisiones, en la que el jefe máximo era, y es, el juez de vigilancia, en excedencia, Ángel Luis Ortiz, de donde saco ese dinero.
Prisiones niega haber dado ningún dinero a Flores, alegando que los expedientes indemnizatorios están perfectamente reglados y que no se puede dar así como así una cantidad de dinero semejante.
Sin embargo, esta periodista ha visto personalmente el extracto bancario de la remisión de ese dinero, con remitente «Ministerio del Interior».
Dado que Flores, a juzgar por los documentos que lo acreditan, recibió ese dinero a cambio de quitar la querella, Marlaska y Ortiz deben explicar de dónde sacaron ese dinero para taparle la boca y que retirase la querella.
Puede ser una malversación de caudales públicos, entren otras infracciones. O quizás los querellados sanitarios, conscientes de la que se les venía encima, y subsidiariamente a Prisiones, reunieron ese dinero para quitarse de líos con los jueces.
A raíz de caso Flores, Prisiones se cargó a prácticamente todo el equipo sanitario de Soto. Y llevó otros sanitarios.
Lo que ha pasado Flores en prisión, que está acreditado documental y clínicamente, no tiene nombre.
Flores es un tipo que entró en prisión por un delito económico. Llegó hecho un deportista, era el encargado del gimnasio penitenciario, y que apenas unos meses después de iniciada su condena, por una criminal negligencia médica de la prisión de Soto del Real, entró en una espiral de complicaciones médicas que a punto estuvieron de llevárselo por delante.
Hasta el punto de que, recientemente, las autoridades sanitarias le han otorgado el máximo grado de dependencia.
De allí salió con la diabetes más grave, la 1, y con una infección cancerígena en una pierna que obligó a ponerle un fémur artificial y parte de la cadera. En la actualidad, está fugado. Tiene citas con especialistas médicos cada dos por tres.
Cojea, tiene un glaucoma ocular, por un oído casi no oye. Y lo que es peor: es un hombre pegado y esclavo de un dispositivo adosado al brazo que le pita cuando su traicionera azúcar sube o baja drásticamente.
Dos veces, se ha caído inconsciente en la calle y se ha destrozado la cara, y mordido hasta casi la rotura la lengua, y despertado rodeado de la policía y sanitarios del SAMUR. La diabetes no avisa.
Ahora está fugado de la cárcel. Lleva más de un año huido. No regresó de un permiso carcelario a la prisión de Navalcarnero. Huyó porque los especialistas hospitalarios de las diferentes patologías que sufre, tras su paso por el Gregorio Marañón, le citaban pero la cárcel de Alcalá Meco, entre otras, no le llevaba a las consultas.
Y porque tenía una herida en un pie que veía como se extendía sin freno azuzada por la diabetes y sin una mínima atención médica en el centro que todavía dirige Pepe Comerón.
Puede demostrar todo lo que dice.
Durante su huida ha empezado a escribir sus memorias y vicisitudes carcelarias, que FUENTES INFORMADAS, que tiene una clara vocación en férrea defensa de los derechos fundamentales de las personas recluidas, va a publicar sus vivencias en sucesivos capítulos.
Es ingeniero de automoción y durante su estancia en prisión, por un delito económico, se licenció en Derecho. Ya tiene su propio despacho de abogados, pero no lo utiliza presencialmente hasta que resuelva el problema penitenciario derivado de su huida. Cuando se fue tenía cumplidos siete de los nueve años de la condena.
La prisión no ha logrado romperle.
Hoy empezamos con la primera entrega de sus memorias en la cárcel, de su puño y letra.
«El 22 de agosto de 2018, crucé por primera vez las puertas de la prisión de Soto del Real. Todavía hoy sigo recordando el sonido de aquellas puertas metálicas cerrándose detrás de mí. Hay sonidos que jamás desaparecen de la cabeza. Y aquel golpe seco fue el momento exacto en el que entendí, aunque todavía no quisiera asumirlo, que mi vida acababa de cambiar para siempre.
Hasta ese día, yo jamás había pisado una prisión.
Como la mayoría de la gente, tenía una idea construida desde fuera: películas, noticias, comentarios, imágenes que aparecen en televisión cuando va algún político, alguna asociación o alguna celebridad a hacerse fotos en las zonas más cuidadas. Pero la realidad no tiene absolutamente nada que ver con eso.
Nada te prepara para entrar allí dentro. Nada te prepara para el miedo.
Porque el verdadero miedo no aparece cuando te ponen las esposas o cuando llegas al furgón. El miedo real empieza cuando piensas en algo mucho más simple: “¿Cómo voy a ver a mi familia ahora? ¿Cuándo voy a volver a abrazarlos? ¿Cómo será vivir aquí dentro?”
Y la cabeza no deja de trabajar, no para ni un instante.

Piensas si podrás dormir. Si tendrás problemas. Si alguien intentará medirte desde el primer día. Si vas a aguantar psicológicamente. Si todo aquello te cambiará para siempre aunque consigas salir.
Y lo peor es que la realidad siempre supera cualquier imaginación.
Recuerdo perfectamente el primer olor al entrar en galería. Humedad. Metal. Cañerías viejas. Ropa encerrada. Un ambiente pesado que se mete en el cuerpo desde el primer minuto.
Allí el miedo tiene olor propio. La tensión se percibe en las miradas. Y muchas veces el silencio dice mucho más que cualquier palabra.
Cuando llegué al módulo 4, como casi todos los nuevos, empecé a descubrir rápidamente que la prisión funciona con dos tipos de normas: las oficiales y las invisibles. Y las invisibles son las verdaderamente importantes.
Todo se mueve entre líneas.
Todo se observa.
Todo se palpa.
Las instalaciones estaban muchísimo peor de lo que cualquiera puede imaginar desde fuera. Celdas viejas, paredes húmedas, colchones manchados y muchas veces directamente meados por anteriores internos, duchas deterioradas, olor constante a cerrado y abandono.
Y mientras estaba allí dentro no podía evitar pensar en la enorme cantidad de dinero público que, en teoría, se destina al sistema penitenciario. Desde fuera uno imagina algo duro, sí, pero mínimamente digno. La realidad era otra muy distinta, totalmente la opuesta.
Y además entiendes algo rápidamente: nadie entra pensando que va a pasar allí tanto tiempo.
Todos creen que lo suyo será rápido.
Hasta que pasan los días.
Y luego las semanas.
Y después los meses.
Jamás olvidaré a A., el jefe de módulo, siempre con aquella boina puesta y esa forma de caminar despacio por la galería, observando a cada interno como si ya supiera perfectamente quién eras incluso antes de hablar contigo.
Nunca hacía falta que dijera las cosas directamente. No necesitaba hacerlo. Bastaban las insinuaciones, los comentarios tranquilos o aquellas recomendaciones repetidas constantemente sobre determinadas abogadas de confianza que, supuestamente, podían ayudarte o hacerte la estancia más sencilla.
Al principio pensé que quizá intentaba orientarme. Pero luego empecé a escuchar exactamente el mismo discurso en boca de muchos internos.
Los mismos nombres. Las mismas conversaciones. Y muchos de ellos seguían allí dentro meses después, completamente abandonados y exactamente en el mismo punto.
Ahí empecé a entender que dentro de prisión existen dinámicas que nadie reconoce abiertamente, pero que parecen funcionar con absoluta normalidad.
Favores. Cercanías. Hacer caja b. Intereses. Relación entre determinados internos y determinados funcionarios. Cosas que nadie explica, pero que todos parecen comprender perfectamente.
Y eso solo era el principio.
Porque lo verdaderamente duro fue descubrir cómo algunos presos quedaban marcados desde el primer día dependiendo del delito que llevaban. No hacía falta una orden directa.
Bastaba una mirada, un comentario aparentemente inocente o dejar caer cierta información delante de los internos adecuados, como por ejemplo «ese es un violador o maltrata niños…etc..» para que el mensaje llegara donde tenía que llegar.
Todo ocurría de una forma tan natural que daba miedo.
Los funcionarios sabían perfectamente qué perfiles no querían tener en determinados módulos. Y algunos presos también sabían perfectamente cómo ganarse privilegios o cercanía con quien realmente tenía poder allí dentro.
Entonces aparecían los de siempre. Los cuatro presos fuertes, los veteranos, los que llevaban años dentro y hacían el trabajo sucio sin necesidad de recibir órdenes claras.
Y lo más impactante era ver cómo muchos de esos mismos internos, que en la calle iban de auténticos machos alfa, algunos incluso conocidos por causas de salud pública, presumiendo fuera de dinero, poder o fama porque habían salido hasta en televisión, dentro se convertían en algo completamente distinto.
Recuerdo escenas que todavía hoy me cuesta creer haber vivido en pleno siglo XXI.
Días en los que había natillas de postre y algunos internos llegaban a llevarse catorce o veinte, no para ellos, sino para entregárselas directamente a determinados funcionarios por la pequeña ventanilla donde se presentaban las instancias.
Una ventanilla que casi nunca estaba abierta y que muchas veces solo atendía una hora al día cuando, en teoría, debería estar disponible constantemente.
Aquello parecía un intercambio silencioso delante de todo el mundo.
Y yo observaba a esos supuestos tipos duros, esos que fuera aparentaban ser intocables, actuar allí dentro como auténticos lacayos, buscando simpatías, favores o un trato mejor. Yo pensaba y me repetía vaya que arrastraos…
Y pensaba muchas veces que si la gente de fuera —sus amigos, sus conocidos o quienes los admiraban— pudieran ver realmente cómo se comportaban dentro de prisión, la máscara se les caería para siempre.
Porque dentro de prisión muchos personajes desaparecen.
Y la dignidad de cada uno queda mucho más expuesta de lo que parece.
Yo observaba todo aquello en silencio y me hacía siempre la misma pregunta:
“¿De verdad esto funciona así?”
Porque desde fuera uno piensa que la cárcel funciona bajo normas estrictas e iguales para todos. Pero dentro descubres otra realidad completamente distinta.
Una donde ciertos internos parecían ocupar una posición intermedia entre preso y funcionario. Y el resto simplemente aprendíamos a sobrevivir como podíamos.
Aunque algunos ya fuéramos gladiadores en la calle.
Pero yo no era como la mayoría.
Yo no sabía bajar la cabeza.
Nunca faltando al respeto, pero tampoco agachando la mirada.
Yo preguntaba. Reivindicaba. Pedía explicaciones. Exigía mis derechos. Y cuando algo me parecía injusto, lo decía.
Y eso dentro de prisión se nota rápido.
Los presos daban un paso atrás conmigo porque entendían perfectamente que yo no era alguien fácil de intimidar. Pero precisamente eso era lo que menos gustaba a algunos funcionarios, que era perder su mando sin salir de su espaciosa garita en la cual el buen vino y almuerzos eran 24/7.
Porque el sistema está hecho para que sigas una dinámica concreta: callar, obedecer y adaptarte.
Y yo no encajaba ahí.
Yo no seguía el orden establecido.
Y cuando alguien dentro de prisión no se deja controlar fácilmente, empieza a convertirse en un problema incómodo. No porque haga algo grave. Sino porque piensa por sí mismo, porque mantiene la dignidad y porque otros internos empiezan a observarlo.
Eso era lo que realmente molestaba.
Que no podían manejarme como manejaban a otros.
Y fue entonces cuando empecé a notar que algo estaba cambiando alrededor de mí. Las miradas. El ambiente. Los movimientos. Como si poco a poco hubiese dejado de ser simplemente “un interno más”.
Porque a veces, en prisión, basta con mantener la dignidad para acabar entrando en guerra con todo lo demás.
Y yo todavía no lo sabía… pero mientras intentaba simplemente sobrevivir sin venderme a nadie, otros ya habían empezado a decidir quién debía convertirse en el problema.
Mi cambio ya estaba preparado.
Y el educador Antonio, aunque apenas me conocía, ya empezaba a formar parte de algo mucho más denso de lo que yo podía imaginar en aquel momento.
CONTINUARÁ…